Colegio San José Barranquilla

El mensaje del domingo

Homilía Primeras Comuniones

Por: Gabriel Jaime Pérez SJ Introducción “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Con este verso del Salmo 126, repetido como estribillo, compartimos todos nuestro sentimiento de gozo en esta “fecha dulce y bendecida”, -como dice el canto de entrada- en la que ustedes, queridas y queridos estudiantes del Colegio San José, se disponen a recibir por primera vez a Jesús en el Santísimo Sacramento de su Cuerpo y Sangre gloriosos. “Esta es la mañana bella de mi vida”. Con este canto entramos hace más de 50 años un grupo de niños de Barranquilla al templo donde recibimos nuestra primera comunión, y este grato recuerdo me ha llenado también de alegría al comenzar la Eucaristía con ustedes, con sus familias, con sus profes, con quienes los han preparado para este gran día, con los demás colaboradores del Colegio aquí presentes y en compañía de mis hermanos jesuitas, todos como lo que somos: la Familia San José. Y el motivo de esta alegría que todos compartimos es precisamente que el Señor ha estado grande con nosotros. Por eso nuestro sentimiento es a la vez de acción de gracias a Dios por todos los dones que nos ha regalado. Ante todo por el don de la vida que nos transmitió a través de nuestros padres y que sigue haciendo crecer en cada una y cada uno. La vida física, sí, pero también la vida espiritual, cuyo desarrollo, con la cooperación de los educadores y educadoras escolares, hace parte de la formación integral que les ha venido ofreciendo la Compañía de Jesús en este Colegio que está próximo a cumplir, dentro de cuatro años, su primer siglo de existencia con el propósito de contribuir, con el compromiso corresponsable de los padres y las madres de familia, a que sus estudiantes  logren cada día  “ser más para servir mejor” como “hombres y mujeres con los demás y para los demás”, dispuestos a “en todo amar y servir”. Con este sentimiento, les propongo a todos que reflexionemos sobre tres invitaciones que nos hace Jesús en las lecturas que hemos escuchado: 1. “Hagan esto en memoria mía” Cuando los primeros seguidores y seguidoras de Jesús -como cuenta el apóstol San Pablo en la primera lectura (1 Corintios 11, 23-26)- se reunían siguiendo esta invitación para compartir el pan y el vino consagrados con las palabras que Él mismo había pronunciado en la última cena la víspera de su pasión y muerte en la cruz, tenían una experiencia vivencial de su presencia resucitada y resucitadora. Nosotros también vivimos esta experiencia pascual -es decir de la “pascua”, del paso del Señor por nuestra vida para liberarnos del mal y fortalecernos espiritualmente- cada vez que celebramos como es debido la Eucaristía, el memorial que actualiza en nuestra existencia personal y comunitaria la acción salvadora de Jesús en favor de toda la humanidad mediante el sacrificio redentor de su ofrecimiento a Dios Padre en la cruz, la participación de su vida nueva por la resurrección, y la comunicación del Espíritu Santo que es la energía renovadora del amor de Dios. Acojamos esta invitación de Jesús a vivir de verdad y a fondo el Sacramento de la Eucaristía, porque como dice un conocido refrán popular de esta tierra querida, “quien lo vive es quien lo goza”. Y esto sí que lo podemos aplicar y referir a la alegría espiritual que experimenta quien participa de la vida resucitada y resucitadora de Jesús. 2. “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” Esta segunda invitación de Jesús es nada más y nada menos que su mandamiento del amor (Juan 15, 12-17). En él se resume toda la ley de Dios, porque  amar a Dios sobre todas las cosas sólo es posible de verdad en la medida en que cada cual reconozca a los demás, y especialmente a los más necesitados,  como hermanos y hermanas, porque todos somos hijos del mismo Creador. Y se trata de un mandamiento “nuevo” (Juan13, 34-35). Ya existía desde antes la regla de oro formulada con la frase “ama a tu prójimo como a ti mismo”, que también se expresa en la máxima “trata a los demás como quieres que los demás te traten a ti”. Ya Jesús había recordado esta regla de oro antes en su predicación, y así nos lo muestran los Evangelios. Pero en la última cena con sus discípulos antes de morir en la cruz, les dice que ese amor debe ser semejante al que Él mismo les iba a mostrar entregando su vida. “Nadie tiene un amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos”. Por eso es un mandamiento “nuevo”. Ya no es solamente amarnos unos a otros como cada cual se ama a sí mismo, sino tratarnos con el mismo amor que nos manifiesta Dios en la persona de Jesús: un amor compasivo y misericordioso que lo llevó a dar su propia vida terrena para abrir a todas las personas a la posibilidad de una vida nueva que no terminará jamás, y que podemos experimentar nosotros desde ahora mismo si nos dejamos llenar por el Espíritu Santo que Él nos comunica cuando recibimos su cuerpo y su sangre gloriosos en la Sagrada Comunión. 3. “Vayan y den fruto” Finalmente, queridas y queridos estudiantes, queridas madres y queridos padres de familia, todos los presentes -queridos por Dios como hijos suyos-, Jesús nos invita a cumplir una misión. Todos, cada cual de una forma específica, hemos sido elegidos por Él y de Él hemos recibido la misión de salir de nosotros mismos y ponernos en camino para hacer su voluntad, realizando lo que Él nos propone de modo que nuestra vida dé fruto, es decir, que sea productiva para el bien de todos. Por eso, después de recibir a Jesús en la Sagrada Comunión, Él mismo nos dice, a cada uno y cada una: Te he elegido y te he destinado a que des mucho fruto, contribuyendo a construir una sociedad en

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Mensaje del domingo – Abril 6

EL MENSAJE DEL DOMINGO IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J. En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Luego les dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.» Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? » Jesús contestó: « ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.»  Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.» Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará.» Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de que no hayamos estado allí, para que crean. Y ahora vamos a su casa.» Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él.» Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»  Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama.» Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía de prisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.» Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: « ¿Dónde lo han enterrado?» Le contestaron: «Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: « ¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quiten la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: « ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente «Lázaro, ven afuera.» El muerto salió, con los pies y las manos sujetos con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo andar.» Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él (Juan 11, 1-45). La palabra de Dios nos invita a prepararnos para la Semana Santa situándonos en la perspectiva de la resurrección. Jesús sube con sus discípulos hacia Jerusalén y llega a Betania, a tres kilómetros de la ciudad donde va a ser condenado a morir en la cruz. El relato de la resucitación de Lázaro nos muestra varios aspectos de esta perspectiva esencial a nuestra fe, que nos abre a la esperanza en una vida futura. Reflexionemos sobre ellos teniendo en cuenta también las otras lecturas: la de un profeta que vivió entre los siglos VII y VI AC. (Ezequiel 37, 12-14), y la de la carta del apóstol san Pablo a los primeros cristianos de Roma en el siglo I de nuestra era (Romanos 8, 8-11). 1. Jesús nos muestra con su ejemplo cómo se debe compartir el dolor Uno de los rasgos característicos de Jesús en el Evangelio de Juan es el afecto especial que les tenía a sus amigos de Betania, los hermanos Lázaro, Marta y María. Jesús acude con sus discípulos a la casa de estos amigos suyos, por la que había pasado en sus viajes a Jerusalén, y comparte con Marta y María el dolor por el que están pasando. Es en los momentos difíciles cuando se muestra la verdadera amistad, y Jesús nos da un ejemplo claro de ello. Cuando lo ven llorar, los presentes dicen: ¡Cómo lo quería! Tanto entonces como hoy, existe una máxima machista que pretende negar a los varones el derecho a expresar con lágrimas sus sentimientos

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Mensaje del domingo – Marzo 30

EL MENSAJE DEL DOMINGO IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J. Al pasar Jesús vio a un hombre que había nacido ciego. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres, o por su propio pecado?”Jesús les contestó:“Ni por su propio pecado ni por el de sus padres; fue para que en él se demuestre lo que Dios puede hacer”. Mientras es de día, tenemos que hacer el trabajo del que me envió; pues viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo”. Después de haber dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y se lo untó al ciego en los ojos. Luego le dijo:“Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa: «Enviado»)”.El ciego fue y se lavó, y cuando regresó ya podía ver. Los vecinos y los que antes lo habían visto pedir limosna se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”Unos decían:“Sí, es él.” Otros decían:“No, no es él, aunque se le parece.”Pero él mismo decía:“Sí, yo soy”.Entonces le preguntaron:“¿Y cómo es que ahora puedes ver?” Él les contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo untó en los ojos, y me dijo: «Ve al estanque de Siloé, y lávate». Yo fui, y en cuanto me lavé, pude ver”.Entonces le preguntaron: “¿Dónde está ese hombre?”Y él les dijo:“No lo sé”.  El día en que Jesús hizo el lodo y devolvió la vista al ciego era sábado. Por eso llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, 15 y ellos le preguntaron cómo era que ya podía ver. Y él les contestó:“Me puso lodo en los ojos, me lavé, y ahora veo”.Algunos fariseos dijeron: “El que hizo esto no puede ser de Dios, porque no respeta el sábado”.Pero otros decían: “¿Cómo puede hacer estas señales milagrosas, si es pecador?”De manera que hubo división entre ellos, y volvieron a preguntarle al que antes era ciego:“Puesto que te ha dado la vista, ¿qué dices de él?”Él contestó:“Yo digo que es un profeta”.Pero los judíos no quisieron creer que había sido ciego y que ahora podía ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:“¿Es éste su hijo? ¿Declaran ustedes que nació ciego? ¿Cómo es que ahora puede ver?”  Sus padres contestaron:“Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego;  pero no sabemos cómo es que ahora puede ver, ni tampoco sabemos quién le dio la vista. Pregúntenselo a él; ya es mayor de edad, y él mismo puede darles razón”.Sus padres dijeron esto por miedo, pues los judíos se habían puesto de acuerdo para expulsar de la sinagoga a cualquiera que reconociera que Jesús era el Mesías. Por eso dijeron sus padres: «Pregúntenselo a él, que ya es mayor de edad».Los judíos volvieron a llamar al que había sido ciego, y le dijeron:“Dinos la verdad delante de Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”.Él les contestó “Si es pecador, no lo sé. Lo que sí sé es que yo era ciego y ahora veo”.Volvieron a preguntarle:“¿Qué te hizo? ¿Qué hizo para darte la vista”?Les contestó:“Ya se lo he dicho, pero no me hacen caso. ¿Por qué quieren que se lo repita? ¿Es que también ustedes quieren seguirlo?”Entonces lo insultaron, y le dijeron:“Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Y sabemos que Dios le habló a Moisés, pero de ése no sabemos ni siquiera de dónde ha salido”.El hombre les contestó:“¡Qué cosa tan rara! Ustedes no saben de dónde ha salido, y en cambio a mí me ha dado la vista. Bien sabemos que Dios no escucha a los pecadores; solamente escucha a los que lo adoran y hacen su voluntad. Nunca se ha oído decir de nadie que diera la vista a una persona que nació ciega. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”.Le dijeron entonces:“Tú, que naciste lleno de pecado, ¿quieres darnos lecciones a nosotros?”Y lo expulsaron de la sinagoga.  Jesús oyó decir que habían expulsado al ciego; y cuando se encontró con él, le preguntó:“¿Crees tú en el Hijo del hombre?”  Él le dijo:Señor, dime quién es, para que yo crea en él”.  Jesús le contestó:“Ya lo has visto: soy yo, con quien estás hablando”.Entonces el hombre se puso de rodillas delante de Jesús, y le dijo:“Creo, Señor”.Luego dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para hacer juicio, para que los ciegos vean y para que los que ven se vuelvan ciegos”.Algunos fariseos que estaban con él, al oír esto, le preguntaron:“¿Acaso nosotros también somos ciegos?”Jesús les contestó:“Si ustedes fueran ciegos, no tendrían culpa de sus pecados. Pero como dicen que ven, son culpables”. (Juan 9, 1-41). 1.- Dios se nos revela en Jesucristo, “luz del mundo”  La luz es un referente bíblico frecuente. En el Antiguo Testamento, es lo primero que Dios crea; una columna de fuego ilumina de noche al pueblo caminante en el desierto; el salmo 23 dice: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; los profetas se refieren al Mesías prometido con la imagen de la luz; en los libros sapienciales la sabiduría es luz que vence las tinieblas de la ignorancia; y en el Nuevo Testamento, especialmente en el Evangelio de Juan, es un tema central. Este Evangelio (Juan 9, 1-41)  relata la curación de un ciego de nacimiento durante la Fiesta de las Tiendas, que se celebraba anualmente en Jerusalén. Las carpas evocaban el camino por el desierto, y con antorchas se velaba cantando y danzando. Al iniciar aquella fiesta Jesús había proclamado: Yo soy la luz del mundo; quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Juan 8, 12). Ahora, inmediatamente antes de curar al ciego, les dice a sus discípulos: Yo soy la luz del mundo. 2.- Jesús nos ilumina para que reconozcamos su acción salvadora En el relato de la elección

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Mensaje del domingo – Marzo 23

EL MENSAJE DEL DOMINGO III Domingo de Cuaresma – Ciclo A Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.   En aquel tiempo llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba sentado junto al manantial.  Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber.” Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías y él te daría agua viva.” La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?, ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él  sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial del que surge la vida eterna.” La mujer le dice: “Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.” Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve.” La mujer le contesta: “No tengo marido.” Jesús le dice: “Tienes razón, no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.” La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto a Dios en este monte, y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.” Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte, ni en Jerusalén, ustedes darán culto al Padre. Ustedes dan culto a uno que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya esta aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.” La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo.” Jesús le dice: “Yo soy, el que habla contigo.” […]  La mujer entonces dejó el cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías?” Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. […] Y en aquél pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.” (Juan 4, 5-42). 1.- Jesús rompe las barreras que impiden la comunicación entre los seres humanos Uno de los rasgos característicos de Jesús en los Evangelios es su capacidad de entrar en contacto con las personas de cualquier condición, superando los obstáculos convencionales. En esta ocasión lo encontramos de paso por la región de Samaría, cuando se dirigía con sus discípulos hacia Jerusalén. Los samaritanos eran enemigos ancestrales de los judíos, por lo cual resultaba inconcebible que se hablaran. Jesús, sin importarle las barreras ni los prejuicios, conversa con una mujer samaritana, y además pecadora, enseñándonos así a tratar a los demás sin discriminaciones. Él muestra con su actitud que Dios nos ama no precisamente porque seamos “buenos”, sino porque necesitamos ser salvados. Y esto es lo que dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura, tomada de su carta a la comunidad cristiana de Roma (Romanos 5, 1-2.5-8): “cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”. 2.- Jesús nos indica cómo encontrar a Dios y tener una vivencia profunda de Él “Si conocieras el don de Dios…”. Esta frase de Jesús se dirige también hoy a cada persona como una invitación a tener una experiencia vital de su acción salvadora, significada en el sacramento del Bautismo. El signo central de este sacramento es el agua, evocada también en el relato de la primera lectura de este domingo acerca del manantial que Dios hizo brotar de una roca en el desierto para calmar la sed del pueblo que caminaba hacia la tierra prometida (Éxodo 17, 3-7). En el encuentro de Jesús con la samaritana, el agua viva a la que Él se refiere simboliza al Espíritu Santo, que hemos recibido en el Bautismo como “el amor de Dios derramado en nuestros corazones” del que nos habla el apóstol san Pablo en la segunda lectura (Romanos 5,5), y que se convierte para nosotros en “un manantial del que surge la vida eterna” (Juan 4, 14). “Yo soy, el que habla contigo.” En el Evangelio, las palabras Yo soy, dichas por Jesús, nos remiten al nombre con el que Dios se le había revelado a Moisés doce siglos antes: Yahvé, que traducido del hebreo quiere decir precisamente Yo soy, y forma parte del nombre del mismo Jesús, que significa originariamente en hebreo “Yo soy el que salva”. Por ello es especialmente significativo lo que los samaritanos afirman al decirle a su paisana que creen en Jesús ya no por lo que ella les ha contado de Él, sino porque ellos mismos lo han visto y oído: “y sabemos que

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Mensaje del Domingo – Marzo 16

MENSAJE DEL DOMINGO II Domingo de Cuaresma   Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J. Ciclo A – Marzo 16 de 2014   En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: -«Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo.»  Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -«Levántense, no teman.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» (Mateo 17, 1-9). El mensaje que nos trae la palabra de Dios para este II Domingo de Cuaresma se centra en el tema de la fe. La primera lectura (Génesis 12, 1-4) nos muestra al patriarca Abraham como modelo del hombre creyente; el Evangelio (Mateo 17, 1-9) nos presenta  a Jesús transfigurado fortaleciendo la fe de sus discípulos; y el texto del apóstol san Pablo (2 Timoteo 1, 8-10) nos invita a tener fe en la fuerza que Dios nos da para no desfallecer a pesar de las dificultades que implica su seguimiento. 1.- La fe de Abraham, modelo del hombre creyente La historia de Abraham, nombre que en hebreo significa “padre de multitudes”-, narrada desde el capítulo 12 hasta el 25 del libro del Génesis, del Antiguo Testamento, es la de un hombre de fe que vivió en el siglo XIX antes de Cristo, y cuyos descendientes desarrollaron a partir de él la fe en un solo Dios, trascendente y creador del universo. Abraham sale de su patria, dejando atrás la ciudad pagana llamada Ur y situada en el país de Caldea -donde posteriormente iba a desarrollarse el imperio de Babilonia-, y emprende un camino hacia el futuro que el Señor le promete como un porvenir de felicidad, ofrecido a él y a su descendencia, como también a todos los seres humanos. También hoy cada persona es invitada por Dios a ponerse en camino hacia un futuro de felicidad, y este llamado se actualiza para cada cual cuando escucha su Palabra. Para responder positivamente a esta invitación hay que disponerse a recibir el don de la fe. Una fe que nos haga posible, como lo hizo Abraham, no sólo emprender, sino además recorrer con perseverancia el camino que Dios mismo nos muestra para alcanzar la meta prometida. 2.- Jesús transfigurado fortalece la fe de sus discípulos Inmediatamente antes del relato de la Transfiguración, Jesús les había dicho a sus discípulos que lo iban a matar y que al tercer día resucitaría (Mateo 16, 21), y luego les había hecho esta reflexión: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame” (Mateo 16, 24). El anuncio de su pasión y muerte, y la exhortación a tomar la cruz y estar dispuestos a entregar la vida a imitación de Él -no obstante la promesa de que iba a resucitar-, causaron en aquellos primeros discípulos un efecto de desaliento. Entonces, para animarlos y fortalecerlos en la fe, Jesús les manifiesta su gloria haciéndoles ver en forma luminosa lo que sería el acontecimiento pascual de su resurrección, e indicándoles que en Él se cumplirían las promesas contenidas en el Antiguo Testamento, específicamente en los textos bíblicos de la Ley y de los Profetas, simbolizados por las figuras de Moisés y Elías. También nosotros necesitamos que, en medio de la oscuridad de las circunstancias problemáticas de nuestra existencia, cuando nos sentimos abrumados por el peso de la cruz que a cada cual le corresponde cargar, el Señor se nos manifieste animándonos desde la fe, iluminándonos con su propia luz y dándonos la fuerza que necesitamos para no desfallecer en el camino de esta vida, que no es un camino de rosas sino un sendero en el que debemos afrontar con valor las situaciones difíciles que se nos presentan y esforzarnos por superarlas con su ayuda. Para que esto suceda, es preciso que busquemos espacios y aprovechemos los que se nos ofrecen, de modo que podamos oír en nuestro interior, en un clima de oración, la voz de Dios que nos dice, como a aquellos primeros discípulos de Jesús: “Este es mi Hijo predilecto: escúchenlo”. 3.- Jesús nos invita a confiar en Él  para vencer los temores La palabra de Dios en la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo dice que, así como ocurrió con los primeros discípulos de Jesús, también quienes ahora creemos en Él somos llamados con una “vocación santa”, y que este llamamiento es precisamente el que nos hace Jesucristo resucitado al invitarnos a seguirlo, ayudados por la fuerza de Dios que nos concede su gracia, la cual “se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal”. «Levántense, no teman.» Estas palabras de Jesús, pronunciadas inmediatamente después de su transfiguración, son también para nosotros. Él se nos acerca especialmente en la Eucaristía, alimentándonos con su propia vida resucitada y dándonos así la luz y la energía que necesitamos para recorrer sin desanimarnos, a pesar de las dificultades, el camino que Él mismo nos señala y que nos conduce a la felicidad verdadera, no sólo en esta vida sino también en la eterna, hacia la cual nos dirigimos con la esperanza que nos da la fe en la resurrección gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, prenda de nuestra resurrección  futura.-

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Mensaje del domingo – Febrero 23

EL MENSAJE DEL DOMINGO VII Domingo del Tiempo Ordinario Gabriel Jaime Pérez, S.J. Ciclo A – Febrero 23 de 2014     En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente” Pero yo les digo: No resistas al que te haga algún mal; al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te demanda y te quiere quitar la camisa, déjale que se lleve también tu capa. Si te obligan a llevar carga una milla, llévala dos. A cualquiera que te pida algo, dáselo; y no le vuelvas la espalda al que te pida prestado. También han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.” Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen.Así ustedes serán hijos de su Padre que está en el cielo; pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio recibirán? Hasta los que cobran impuestos para Roma se portan así. Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los paganos se portan así. Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto (Mateo 5, 38-48). En esta continuación del Sermón de la Montaña Jesús nos hace la invitación a perdonar, repitiendo el estribillo Ustedes han oído… Yo les digo… Reflexionemos sobre el sentido de esta invitación, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de este domingo (Levítico 19, 1-2.7-8; Salmo 103 [102]; 1ª Corintios 13,16-23). 1.- Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”… La frase ojo por ojo, diente por diente expresaba la llamada Ley del Talión. El término talión proviene de talis, que en latín significa igual o semejante, y establecía un principio de proporcionalidad: a tal ofensa le corresponde tal reacción o castigo equivalente. De ahí el concepto de la retaliación. La Ley del Talión, enunciada en el Código de Hammurabi, legislador caldeo y sexto rey de Babilonia, fallecido en el año 1750 AC, constituyó una limitación a la venganza desmesurada. Varios libros del Antiguo Testamento hacen referencia a la ley del Talión, como el Éxodo (21, 23-25: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe), el Levítico (24, 17-20: El que le quite la vida a otra persona, será condenado a muerte. El que mate una cabeza de ganado, tendrá que reponerla: animal por animal. El que cause daño a alguno de su pueblo, tendrá que sufrir el mismo daño que hizo: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; tendrá que sufrir en carne propia el mismo daño que haya causado), y el Deuteronomio (19,21: cobren vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie). Pero Jesús va más allá al proponer un comportamiento que supere toda forma de venganza para terminar con la espiral de la violencia, que va creciendo a medida que se devuelve mal por mal y sólo puede parar mediante un comportamiento que se identifique con el del mismo Dios, de quien dice el Salmo responsorial: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas [Salmo 103 (102), 8-10]. 2.-  También han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”… En la tradición judaica, los prójimos eran las personas cercanas o próximas, las de la misma raza o nacionalidad. Así la frase amarás a tu prójimo como a ti mismo, que encontramos en la primera lectura, se limitaba a los lazos nacionales. Los extranjeros eran excluidos de ese amor. Y aunque en los libros de la Ley o “Torah” de la Biblia a no estaba escrito formalmente como una norma odiar al enemigo, sin embargo en el Salmo 109 [108] el perseguido maldice a quien lo persigue  y le desea toda suerte de males. Por eso la interpretación de la Biblia implica tener en cuenta una evolución en la forma de entender el amor al “prójimo”, y es con la predicación y el ejemplo de Jesús cuando este entendimiento llega a su plenitud: los “prójimos” son todos los seres humanos, sin distinciones ni exclusiones. Y esto lo dice Jesús no sólo en su predicación sino también  acercándose a todas las personas sin discriminaciones, mostrando su compasión por los pecadores y pidiendo perdón a su Padre por quienes lo han torturado y clavado en la cruz.  3.-  Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto  En la primera lectura Dios exhorta a la santidad: Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo. Él, en efecto, como lo dice el libro del Génesis en el primer relato de la creación, nos ha creado a su imagen y quiere que participemos de su vida divina. El Concilio Vaticano II, celebrado (1962-1965), dice en su Constitución sobre la Iglesia: Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado (…), son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre (LG 11, c). (…) El Divino Maestro y modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida (…): “Sean pues ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto” (LG 40, a). Pero ¿en qué consiste la verdadera santidad? En el Evangelio de Lucas (6, 36) Jesús culmina su predicación diciendo: sean pues ustedes misericordiosos como Dios es misericordioso. He ahí la clave para entender a qué tipo de perfección invita Jesús: a la perfección de Dios, que se muestra precisamente en la misericordia.

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El mensaje del domingo – Febrero 16

EL MENSAJE DEL DOMINGO VI Domingo del Tiempo Ordinario Gabriel Jaime Pérez, S.J. Ciclo A – Febrero 16 de 2014   En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -No crean ustedes que yo he venido a suprimir la ley o los profetas; no he venido a ponerles fin, sino a darles su pleno valor. Pues les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, no se le quitará a la ley ni un punto ni una letra, hasta que todo llegue a su cumplimiento. Por eso, el que no obedecealguno de los mandatos de la ley, aunque sea el más pequeño, ni enseña a la gente a obedecerlo, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedece todos y enseña a otros a hacer lo mismo, será considerado grande en el reino de los cielos. Porque les digo a ustedes que, si no superan a los maestros de la ley y a los fariseos en hacer lo que es justo ante Dios, nunca entrarán en el reino de los cielos. Ustedes han oído que a sus antepasados se les dijo: “No mates, pues el que mate será condenado”. Pero yo les digo que cualquiera que se enoje con su hermano, será condenado. Al que insulte a su hermano, lo juzgará la Junta Suprema; y el que injurie gravemente a su hermano, se hará merecedor del fuego del infierno. Así que, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Entonces podrás volver al altar y presentar tu ofrenda. Si alguien te lleva a juicio, ponte de acuerdo con él mientras todavía estés a tiempo, para que no te entregue al juez; porque si no, el juez te entregará a los guardias y te meterán en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último centavo. Ustedes han oído que se dijo: “No cometas adulterio”. Pero yo les digo que cualquiera que mira con deseo a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Así pues, si tu ojo derecho te hace caer en pecado, sácatelo y échalo lejos de ti; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtatela y échala lejos de ti; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo vaya a parar al infierno. También se dijo: “Cualquiera que se divorcia de su esposa, debe darle un certificado de divorcio”. Pero yo les digo que si un hombre se divorcia de su esposa, a no ser en el caso de una unión ilegal,la pone en peligro de cometer adulterio. Y el que se casa con una divorciada, comete adulterio. También han oído ustedes que se dijo a los antepasados: “No dejes de cumplir lo que hayas ofrecido al Señor bajo juramento”. Pero yo les digo: simplemente, no juren. No juren por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies;ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.Ni juren ustedes tampoco por su propia cabeza, porque no pueden hacer blanco o negro ni un solo cabello. Baste con decir claramente “si” o “no”. Pues lo que se aparta de esto, es malo. (Mateo 5, 17-37). En este Evangelio Jesús les presenta a sus discípulos su propuesta de una nueva ética que, sin negar los preceptos de la ley divina contenida en los diez mandamientos, y sin desconocer las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento, va más allá de la letra para proponer el espíritu del reconocimiento pleno de los valores de una vida recta. 1.-  No he venido a suprimir la ley o los profetas, sino a darles su pleno valor Jesús propone metas positivas de realización de los valores relacionados con la convivencia humana, refiriéndose respectivamente a tres de los diez mandamientos promulgados por Dios a través de Moisés en el monte Sinaí según el antiguo libro del Éxodo -el quinto (no matarás), el noveno (no desearás a la mujer de tu prójimo) y el segundo (no jurarás usando el nombre de Dios en vano)-, para invitarnos a ir más allá de la letra de los preceptos y realizar el sentido pleno y el espíritu de lo que significan. En cuanto al quinto mandamiento, no sólo no atentando contra la vida del prójimo, sino además tratándolo con respeto y procurando su bienestar integral. En cuanto al noveno, no sólo rechazando la práctica física del adulterio, sino purificando siempre espiritualmente la mirada y las intenciones hacia las personas en términos de respeto a su dignidad y sus derechos. Y en cuanto al segundo, respetando el nombre de Dios en vez de usarlo vanamente, como se suele hacer cuando se dice Señor, Señor y no se cumple su voluntad, que es voluntad de Amor. En definitiva, estas exhortaciones de Jesús a sus discípulos se centran el respeto: respeto a Dios y respeto al prójimo.        2.-  Deja tu ofrenda y ve primero a ponerte en paz con tu hermano Uno de los temas centrales de la predicación de Jesús es la reconciliación. Pedir perdón a quien se ha ofendido, y estar dispuesto siempre a perdonar, son sus dos caras inseparables. Jesús invita en este pasaje del Evangelio a reconocer los comportamientos inadecuados con los demás, y a pedirles perdón cuando se les haya ofendido. Y dice que hacerlo es tan importante, que está por encima de cualquier rito religioso. Esto es precisamente lo que quiere indicar Jesús cuando les dice a sus discípulos que dejen su ofrenda delante del altar y vayan primero a ponerse en paz con sus hermanos, es decir, a reconciliarse con las personas a quienes hayan ofendido. Porque la

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El mensaje del domingo – Febrero 9

EL MENSAJE DEL DOMINGO V Domingo del Tiempo Ordinario Gabriel Jaime Pérez, S.J. Ciclo A – Febrero 9 de 2014 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos -Ustedes son la sal dela tierra. Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea.Ustedes son la luz del mundo.Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo (Mateo 5, 13-16) Este pasaje forma parte del llamado “Sermón de la Montaña” tal como nos lo presenta el Evangelio según san Mateo, y fue escrito inmediatamente después del discurso de las Bienaventuranzas. Lo mismo que este discurso, el que corresponde al texto del Evangelio de hoy se dirige especialmente a sus discípulos, es decir, a quienes se disponen a escuchar sus enseñanzas. Pero no sólo a los de aquel tiempo, sino también a toda persona que desde entonces quiera seguir a Jesús. Por eso, quien lee este texto evangélico y todo el Sermón de la Montaña que comprende los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio según san Mateo, es invitado por Jesús mismo a ponerlas en práctica. Jesús emplea imágenes de la vida cotidiana para definir lo que están llamados a ser sus seguidores: sal y luz. Para cumplir esta misión hay que profundizar en el conocimiento de Jesucristo: Él es por excelencia la sal y la luz del mundo. Por eso, al contemplar las escenas que nos relatan los evangelios y disponernos a escuchar lo que Él nos quiere enseñar, nuestra petición tiene que ser un conocimiento interno cada vez más hondo del Señor, Dios hecho hombre en la persona de Jesús. 1.- Ustedes son la sal de la tierra  La sal es un condimento sin el cual muchos de los alimentos serían insípidos. Ponerle sal a la vida es darle sabor y promover el gusto por ella en un sentido constructivo. Y esto lo hacemos no sólo cuando acogemos, sino también cuando comunicamos el mensaje de Jesús -su Buena Noticia, que es lo que significa la palabra Evangelio-, como lo que verdaderamente es: un mensaje alegre, gozoso. En medio del pesimismo de muchos ante los problemas de la existencia humana, estamos llamados a ofrecer un sabor de esperanza y optimismo desde la fe en Dios, en nosotros mismos y en la humanidad. Este es precisamente el tema central de la primera Exhortación Apostólica del Papa Francisco, que lleva por título Evangelii Gaudium (La Alegría del Evangelio). Pero la sal no sólo da sabor. También evita que los alimentos se corrompan. Ser sal de la tierra es luchar contra la corrupción. Además de las conductas corruptas en los campos político y económico, existen también las de quienes corrompen a otras personas. La exaltación de la violencia y la degradación del sexo atentan constantemente contra la convivencia respetuosa. En medio de esta situación, Jesús nos llama a ser sal que contrarreste la podredumbre moral en todas sus formas.  2.- Ustedes son la luz del mundo El paso de la oscuridad a la luz es una imagen que aparece con mucha frecuencia en los textos bíblicos. La primera lectura, tomada del libro profético de Isaías, en el Antiguo Testamento (Isaías 58, 7-10), emplea la imagen de la luz para expresar, junto con la de quien es sanado de sus heridas, el cambio espiritual y renovador que se produce en la persona que sale de su egoísmo y de su indiferencia para compartir lo que es y lo que tiene con su prójimo necesitado. “Entonces romperá tu luz como la aurora (…), brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”. Este es el sentido de lo que dice Jesús cuando define la misión de sus seguidores como la de ser luz del mundo. La lámpara encendida que no debe ocultarse, sino ponerse en el candelero de modo que podamos mostrar sin avergonzarnos nuestro comportamiento, es el testimonio de una vida luminosa puesta al servicio de los demás a través de acciones concretas de solidaridad con los pobres y los que sufren, de misericordia y compasión, de justicia social, de contribución a la paz mediante una convivencia respetuosa de la dignidad y los derechos humanos de todas las personas, como lo dice inmediatamente antes Jesús en su discurso de las Bienaventuranzas, y como Él mismo lo demostró con el ejemplo de su vida. 3.- Profundizar en el conocimiento de Jesucristo No podemos ser sal de la tierra y luz del mundo si no nos identificamos en la práctica con el modo de pensar, sentir y actuar de Jesús. San Pablo dice en la segunda lectura (1 Corintios 2, 1-5) que el mensaje anunciado por él no corresponde ni en su contenido ni en su forma a la sabiduría de este mundo, sino a la sabiduría de Dios, que se manifiesta plenamente en la persona de Jesucristo. En este sentido nuestra máxima aspiración en el orden del saber debería ser conocerlo a Él cada día más y mejor. Para ello necesitamos buscar espacios de vivencia espiritual en los que podamos experimentar lo que Él nos enseña no sólo con sus palabras, sino también con el testimonio de su vida. Todos estamos invitados a ser discípulos o discípulas de Jesús, el Maestro por excelencia. La palabra discípulo significa aprendiz. Y los primeros discípulos de Jesús aprendieron de Él no sólo lo que les decía en su predicación, sino también lo que les mostraba con los hechos: su actitud siempre acogedora hacia los pobres, los oprimidos, los sufrientes en sus cuerpos y en sus espíritus, su rechazo radical a toda forma

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El mensaje del domingo – 2 de Febrero

EL MENSAJE DEL DOMINGO La Presentación del Señor Gabriel Jaime Pérez, S.J.                                                                Febrero 2 de 2014             Cuando se cumplieron los días en que ellos debían purificarse según la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentárselo al Señor. Lo hicieron así porque en la ley del Señor está escrito: «Todo primer hijo varón será consagrado al Señor.» Fueron, pues, a ofrecer en sacrificio lo que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones de paloma. En aquel tiempo vivía en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón. Era un hombre justo y piadoso, que esperaba la restauración de Israel. El Espíritu Santo estaba con Simeón, y le había hecho saber que no moriría sin ver antes al Mesías, a quien el Señor enviaría. Guiado por el Espíritu Santo, Simeón fue al templo; y cuando los padres del niño Jesús lo llevaron también a él, para cumplir con lo que la ley ordenaba, Simeón lo tomó en brazos y alabó a Dios, diciendo:   «Ahora, Señor, tu promesa está cumplida y puedes dejar que tu siervo muera en paz. Porque ya he visto la salvación que has comenzado a realizar a la vista de todos los pueblos, la luz que alumbrará a las naciones y que será la gloria de tu pueblo Israel.» El padre y la madre de Jesús se quedaron admirados al oír lo que Simeón decía del niño. Entonces Simeón les dio su bendición, y dijo a María, la madre de Jesús: —Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan o se levanten. Él será una señal que muchos rechazarán, para que las intenciones de muchos corazones queden al descubierto. Pero todo esto va a ser para ti como una espada que atraviese tu propia alma. También estaba allí una profetisa llamada Ana, hija de Penuel, de la tribu de Aser. Era ya muy anciana. Se casó siendo muy joven, y había vivido con su marido siete años; hacía ya ochenta y cuatro años que se había quedado viuda. Nunca salía del templo, sino que servía día y noche al Señor, con ayunos y oraciones. Ana se presentó en aquel mismo momento, y comenzó a dar gracias a Dios y a hablar del niño Jesús a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén. Después de haber cumplido con todo lo que manda la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su propio pueblo de Nazaret. Y el niño crecía y se hacía más fuerte, estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios. (Lucas 2, 22-40). Coincide este domingo con la fecha en que la Iglesia conmemora la Presentación del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén, 40 días después de la celebración de su Nacimiento. Es una fiesta en la que a la vez se adora a Jesús presentado por María y José para ser consagrado a Dios Padre, y se venera a María como “Nuestra Señora de la Candelaria”, en referencia a la procesión que se suele hacer en las misas solemnes con cirios encendidos para evocar la profecía del anciano Simeón en el Evangelio, quien en su oración a Dios se refiere a Jesús como “la luz que alumbrará a las naciones”. Propongo que centremos nuestra reflexión en tres frases del texto del Evangelio según san Lucas, escogido para esta conmemoración.  1.     Un par de tórtolas o dos pichones de paloma Este detalle del relato evangélico es especialmente significativo. La tórtola es una variedad pequeña de paloma muy común en los territorios de Israel y Palestina. Las Escrituras dicen que provenían del sur, y que su presencia era un anticipo de la primavera (Cantares 2:11, 12; Jeremías 8:7), y se encontraban entre los animales que ofreció Abrahán cuando entró en relación de alianza con Dios (Génesis 15:9). En la Torá o Ley del Señor se establece que si la persona es muy pobre y por ello no puede ofrecer en sacrificio un cordero, debe presentar “dos tórtolas” (Levítico 5:7; 14:22). Así, pues, la ofrenda de José y María al presentar en el Templo al Niño Jesús es la propia de los que no pueden ofrecer el cordero por ser mucho más costoso. Una muestra más de la opción de Dios hecho hombre en la persona de Jesús: la opción preferencial por los pobres. Aquél que había sido concebido en la humilde aldea de Nazaret y nacido en una pesebrera de Belén, ahora es presentado con la ofrenda de quienes apenas tienen lo suficiente para comprar lo mínimo prescrito.  2.     Él será una señal que muchos rechazarán, para que las intenciones de muchos corazones queden al descubierto.   En otras traducciones del texto griego del Evangelio de Lucas se emplean los términos “signo de contradicción” o “bandera discutida”. Lo que esto significa es que Jesús les iba a resultar incómodo a muchos porque tanto sus palabras como sus acciones, con las cuales iba a manifestar su solidaridad con los pobres y oprimidos, irían en contra de quienes los explotaban o  despreciaban. “Para que las intenciones de muchos corazones queden al descubierto”. En el fondo, se trata de un mensaje contra la hipocresía. Jesús iba a ser rechazado por quienes aparentaban ser justos y santos, cumplidores exactos de las leyes, pero en realidad buscaban sus propios intereses pisoteando la dignidad de las gentes marginadas por una sociedad discriminadora y excluyente, de la cual ellos formaban parte. Ellos fueron los que al fin de cuentas determinaron que Jesús fuera eliminado. Algo similar está pasando actualmente en la Iglesia. El Papa Francisco, quiere seguir de verdad a Jesús -como también lo han querido sus antecesores en el siglo pasado y el presente-, y esto lo está llevando a tener que afrontar la oposición oscura de intenciones inmorales y corruptas que anidan como cuervos en El Vaticano en otros círculos clericales bajo la apariencia de sotanas negras, bandas moradas y cuellos blancos. Que Dios lo proteja en esta tarea de destapar las ollas podridas

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EL MENSAJE DEL DOMINGO – 26 de Enero

Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J. Cuando Jesús oyó que habían metido a Juan en la cárcel,se dirigió a Galilea. Pero no se quedó en Nazaret, sino que se fue a vivir a Cafarnaúm, a orillas del lago, en la región de las tribus de Zabulón y Neftalí. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había escrito el profeta Isaías: “Tierra de Zabulón y de Neftalí, al otro lado del Jordán, a la orilla del mar: Galilea, donde viven los paganos. El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en sombras de muerte.”  Desde entonces Jesús comenzó a proclamar: – Conviértanse, porque el reino de los cielos está cerca. Jesús iba caminando por la orilla del Lago de Galilea, cuando vio a dos hermanos: uno era Simón, también llamado Pedro, y el otro Andrés. Eran pescadores, y estaban echando la red al agua. Jesús les dijo: -Síganme, y yo los haré pescadores de hombres. Al momento dejaron sus redes y se fueron con él. Un poco más adelante, Jesús vio a otros dos hermanos: Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca arreglando las redes. Jesús los llamó, y enseguida ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea, enseñando en la sinagoga de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba a la gente de todas sus enfermedades y dolencias.Se hablaba de Jesús en toda la región de Siria, y le traían a cuantos sufrían de diferentes males, enfermedades y dolores, y a los endemoniados, a los epilépticos y a los paralíticos. Y Jesús los sanaba. (Mateo 4, 12-23). El Evangelio de este domingo (Mateo 4, 12-23) nos sitúa en la región llamada Galilea, al norte de Israel, donde se habían establecido las tribus hebreas de Zabulón y Neftalí cuyos nombres corresponden a dos de los doce hijos del patriarca Jacob, nieto de Abraham, y que como lo indica la primera lectura (Isaías 8, 23b – 9,3) era habitada también por “gentiles” o “paganos”, gentes de raza diferente que no profesaban la religión judía. El lago de Galilea, denominado asimismo Tiberíades o de Genesaret, era llamado también “mar” por su profundidad (48 metros) y su extensión (21 kilómetros). La pesca era y sigue siendo la principal actividad en las ciudades de sus orillas, la mayor de las cuales en tiempos de Jesús era Cafarnaúm -hoy en ruinas-, donde él se estableció al iniciar su vida pública. 1.- “Conviértanse, porque el reino de los cielos está cerca” La primera palabra de Jesús al iniciar su predicación es una invitación a cambiar.  Convertirse, de acuerdo con el sentido original del verbo en griego, significa cambiar de mentalidad, es decir, pensar, sentir y actuar de modo distinto del que uno está acostumbrado. Se trata de un cambio que suele compararse con el paso de la oscuridad a la luz. En este sentido es significativo el texto del profeta Isaías en la primera lectura, citado en el Evangelio: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaban en tierras de sombras y una luz les brilló”. La cita profética habla de “sombras de muerte”, o sea que se trata del paso a una nueva vida. Convertirnos, entonces, es disponernos a que Dios actúe de tal manera en nosotros, que su luz disipe nuestras sombras y su energía renovadora nos resucite espiritualmente. Jesús agrega el porqué de su invitación a la conversión: “porque el reino de los cielos está cerca”. “Reino de los cielos” significa lo mismo que reino de Dios. Es una forma de referirse al ser supremo propia del Evangelio según San Mateo, dirigido originariamente a los cristianos provenientes del judaísmo, en el que se evitaba por respeto pronunciar el nombre de Dios. Cuando Jesús habla de este reino se refiere no a un territorio ni a un dominio político, sino al poder salvador de Dios que quiere establecer en la humanidad un porvenir nuevo de justicia, de amor y de paz que había sido anunciado por los profetas. Y cuando dice que el reino de Dios está cerca, nos manifiesta que Dios en persona -presente en Jesús mismo como Dios hecho hombre- ha venido para hacerlo realidad. 2.- “Síganme”… Al momento dejaron sus redes y se fueron con él Para establecer el Reino de Dios, Jesús comienza llamando a sus primeros discípulos, unos pobres y humildes pescadores que luego formarán parte de sus doce apóstoles o enviados a colaborar en la misma misión que Dios Padre le ha confiado a Él. Y les hace una invitación directa: Síganme. La respuesta de aquellos pescadores es inmediata: Al momento dejaron sus redes y se fueron con él. También a cada uno de nosotros nos invita Jesús a seguirlo. Nuestra vocación cristiana es un llamamiento a colaborar con Él en el establecimiento del reino de Dios. Cada cual de una manera particular y específica, pero con una finalidad común. ¿Cómo podemos responder a ese llamado que Jesús nos renueva aquí y ahora? La respuesta a esta pregunta depende de nuestra disposición radical a dejar las redes, es decir, a des-en-redarnos de todo lo que nos impide seguirlo de verdad: inclinaciones egoístas, apegos serviles, afectos desordenados. 3.- Bien unidos, con un mismo pensar y sentir Finalmente, para que nuestra colaboración en el establecimiento del Reino de Dios sea efectiva tenemos que disponernos a trabajar en unidad. Jesús formó una primera comunidad que fue la base de lo que sería la Iglesia. Pero muy pronto vinieron las discordias y  divisiones, como las que señala el apóstol san Pablo en la segunda lectura, tomada de una de sus cartas  dirigidas a los cristianos de la ciudad griega de Corinto (1ª Corintios 1, 10-13.17). Este problema ha seguido existiendo a todo lo largo de la historia del cristianismo, y hoy, en lugar de estar bien unidos con un mismo pensar y sentir, los

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