Domingo IV – Tiempo de Cuaresma – Cicli C

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                                  

mar10Se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores para escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor  dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la herencia”. El padre les repartió los bienes. Días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible y empezó él a pasar necesidad. Y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Sentía  ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino a donde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”. Se puso en camino hacia donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, lo recibió con abrazos y besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y se negaba a entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando viene ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” » (Lucas 15, 1-3.11-32).

Esta es la tercera y última de las llamadas parábolas de la misericordia contenidas en el capítulo 15 del Evangelio según san Lucas. Es conocida como la del hijo pródigo o derrochador, pero tiene en realidad tres protagonistas. Por eso deberíamos llamarla mejor Parábola del padre compasivo, el hijo arrepentido y su hermano insensible, reconociendo como protagonista principal al padre que perdona e invita a perdonar.

El contexto lo marca la crítica de los escribas y fariseos contra Jesús porque acoge a publicanos y pecadores. Los publicanos o recaudadores de impuestos al servicio del imperio romano, que se caracterizaban por su conducta deshonesta, y en general todos los “pecadores”, eran despreciados por quienes presumían de justos y procuraban estar lejos de ellos para no contaminarse. De hecho el término “fariseos” significa “segregados” o “separados”. Jesús, en cambio, se acerca a todos los pecadores rechazados por quienes se creen puros, y les ofrece la posibilidad de rehacer sus vidas.

El Evangelio de hoy nos invita a sentir la misericordia infinita de Dios, reconociendo con humildad nuestra debilidad y nuestra necesidad de salvación. Asimismo, a tener los mismos sentimientos que Dios tiene con quienes reconocen sus culpas y sus errores y quieren reconciliarse con Él y con la comunidad.

1.- Me pondré en camino y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti

El hijo menor malgasta su herencia y llega a una situación que lo lleva a examinarse y recapacitar, disponiéndose a volver y a pedir perdón a su padre. Este examen de conciencia, el  arrepentimiento y el propósito de cambiar, son los tres primeros pasos de un proceso efectivo de  reconciliación. Los otros dos son la confesión y la voluntad de reparación.

El hijo arrepentido de la parábola es para cada uno de nosotros una figura de lo que puede también acontecer en nuestras vidas cuando nos hemos alejado de Dios, si confiamos en su misericordia. Dios mismo nos ofrece la oportunidad de recapacitar y volver a Él.

2.- Su padre lo vio, se conmovió, y echando a correr lo recibió con abrazos y besos

Dios es un Padre infinitamente misericordioso. Este es el mensaje central de toda la predicación de Jesús. Él espera que el pecador recapacite y se arrepienta, siempre está dispuesto a recibirlo y perdonarlo. Jesús, con su actitud de acercamiento a los pecadores, nos muestra cómo se comporta Dios con sus hijos. Por eso lo podemos reconocer como el revelador del Padre, como el rostro compasivo de Dios que se nos ha hecho visible en su humanidad.

Desde el momento en que el hijo menor se propone volver a la casa del padre y expresarle su arrepentimiento, es perdonado por él. Y lo que acontece cuando regresa es una fiesta en la que el padre quiere que participe toda la familia. Este es el sentido del sacramento de la reconciliación que instituyó nuestro Señor Jesucristo. Desde el momento en que reconocemos nuestro pecado, nos arrepentimos y decidimos volver a Dios, Él nos perdona, pero es necesario que expresemos esta disposición en el ámbito de la familia que formamos todos como hijos e hijas de Dios. Por eso decimos: “Yo confieso, ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado…”. Y este es a su vez el sentido de la confesión ante el sacerdote, que representa tanto a Dios como a la comunidad en el sacramento de la reconciliación, al cual se refiere la segunda lectura de hoy (1ª Corintios 5, 17-21).

3.- Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

La parábola quedaría sin su sentido completo si suprimiéramos la última parte, en la que interviene el hermano mayor. Él representa la actitud insensible e intransigente de los escribas y fariseos que criticaban a Jesús por su acercamiento a los pecadores.

La lección es clara y corresponde a lo que el mismo Jesús quiso enfatizar cuando les enseñó a orar a sus primeros discípulos: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos… En conclusión, la enseñanza definitiva de la parábola corresponde a una frase de Jesús que encontramos en el mismo Evangelio según san Lucas: “Sean ustedes compasivos, como su Padre es compasivo” (Lc 6, 36).-

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