Colegio San José Barranquilla

El mensaje del domingo

El Mensaje del Domingo – 1 de septiembre

XXII Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                         Un sábado Jesús fue a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos lo estaban espiando. Y al ver Jesús cómo los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo: –Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, pues puede llegar otro invitado más importante que tú; y el que los invitó a los dos puede venir a decirte: ‘Dale tu lugar a este otro.’ Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, pásate a un lugar de más honor.’ Así recibirás honores delante de los que están sentados contigo a la mesa.Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido. Dijo también al hombre que lo había invitado: –Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; porque ellos, a su vez, te invitarán, y así quedarás ya recompensado. Al contrario, cuando tú des un banquete, invita a los pobres, los inválidos, los cojos y los ciegos; y serás feliz. Pues ellos no te pueden pagar, pero tú tendrás tu recompensa el día en que los justos resuciten. (Lucas 14, 1.7-14). Según la costumbre en aquel tiempo, al inicio de un banquete el invitado solía decir unas palabras. En esta ocasión Jesús, siendo invitado a una cena, plantea una enseñanza relacionada con tres temas: la humildad, el desapego de los intereses egoístas y la preferencia por los pobres. Al participar hoy en la mesa del Señor, tratemos de aplicar a nuestra vida lo que nos dice el Evangelio, teniendo en cuenta también los demás textos bíblicos: Eclesiástico (o Sirácida) 3, 17-18. 20. 28-29; Salmo 68 (67); Hebreos 12, 18-19. 22-24a.     1. Proceder con humildad   Jesús inicia su intervención indicando una norma de buena educación: no buscar los primeros puestos. Esta norma había sido ya expresada unos 450 años antes en el libro de los Proverbios: “No te des importancia ni tomes el lugar de la gente importante; vale más que te inviten a subir allí, que ser humillado ante los grandes señores” (25, 6-7). Pero el mensaje del Evangelio va mucho más allá de la simple etiqueta (o “pequeña ética”). Lo que Jesús quiere hacernos ver es la importancia de la humildad como una virtud totalmente opuesta a la actitud arrogante de los fariseos que se creían superiores al resto de la gente, de los doctores de la ley que menospreciaban a los demás considerándolos ignorantes y pecadores, y de los que ejercían el poder propio de su estrato social despreciando y excluyendo a los pobres. “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad”. Así comienza la primera lectura de este domingo, tomada del libro del Eclesiástico -escrito en el siglo II antes de Cristo y también llamado el Sirácida, por ser su autor un maestro llamado Ben Sirac (hijo de Sirac). En este libro, como en el de los Proverbios y en otros escritos bíblicos del Antiguo Testamento llamados “sapienciales” por su referencia a la sabiduría práctica, se dice que la humildad es la virtud característica del auténtico sabio, que vive con sencillez en vez de hacer alarde de sus conocimientos, de su posición o de sus méritos. Una de las características de la humildad es no hacer ruido. La segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos, contrapone la imagen del Dios terrible de la antigua alianza, que manifestaba su grandeza por medio del fuego, la tormenta y la trompeta, a la del Dios cercano que se revela en la persona de Jesús, el maestro manso y humilde de corazón que actúa como “mediador de una nueva alianza” (Hebreos 12, 18-19. 22-24a). 2. Obrar desinteresadamente En la segunda parte del Evangelio de hoy, Jesús nos exhorta a obrar de forma desinteresada, sin cálculos egoístas de recompensa. Todos solemos tener la inclinación natural a obrar por interés, esperando que nos paguen por los favores, como dice el refrán popular: “favor con favor se paga”. En las relaciones humanas, esta actitud egoísta puede llevarnos a buscar siempre y ante todo nuestra propia recompensa, en lugar de aplicar lo que dijo Jesús: “hay mayor felicidad en dar que en recibir” (frase evocada por el apóstol san Pablo en su discurso a los presbíteros de Éfeso -Hechos de los Apóstoles 20, 35 ss.). Pero ¡atención! Al dar, existe el peligro de caer en la tentación de hacer sentir inferior al pobre. La verdadera caridad cristiana no consiste en sentir lástima los de “arriba” por los de “abajo”, permaneciendo y afianzándose los que dan en sus posiciones superiores y quedando los que reciben en su situación de miseria. No. El amor verdadero a los pobres exige la solidaridad para buscar con ellos la realización de condiciones de justicia social que les hagan posible superar su pobreza y vivir de acuerdo con su dignidad humana.    3.La verdadera sabiduría implica optar preferentemente por los pobres Y por último, la reflexión final que le propone Jesús a quien lo ha invitado hay que entenderla como una exhortación a cambiar la jerarquía de valores propia de un sistema social que desprecia y excluye a los pobres, a los débiles, a los que considera inútiles. Son éstos justamente los preferidos de Dios, a quienes en primera instancia quiere Él que llegue su invitación al banquete de la vida eterna, prefigurado en la Eucaristía. Un canto litúrgico muy antiguo, llamado en latín Panis angelicus (Pan de los ángeles), dice en uno de sus versos: “¡O res mirabilis! Manducant Dominum pauper, servus et humilis” (“¡Oh realidad admirable! Se alimentan del Señor el pobre, el servidor y el humilde”). Esta realidad se manifiesta también en nuestras celebraciones, sobre

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El Mensaje del Domingo – 25 de agosto

Domingo XXI del Tiempo Ordinario – Ciclo C Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.   Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. Alguien le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvarán?” Jesús le respondió: “Esfuércense en entrar por la puerta angosta, porque yo les digo que muchos tratarán de entrar y no lo lograrán. Si ustedes se quedan afuera cuando el dueño de casa se levante y cierre la puerta, entonces se pondrán a golpearla y a gritar: -¡Señor, ábrenos! Pero él les contestará: -No sé de dónde son ustedes. Entonces comenzarán a decir: – Nosotros hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él les dirá de nuevo: -No sé de dónde son ustedes. ¡Aléjense de mí todos los malhechores! Habrá llanto y rechinar de dientes cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes, en cambio, sean echados fuera. Gentes del oriente y del poniente, del norte y del sur, vendrán a sentarse a la mesa en el Reino de Dios. ¡Qué sorpresa! Unos que estaban entre los últimos son ahora los primeros, mientras que los primeros han pasado a ser últimos” (Lucas 13, 22-30).    La respuesta que le da Jesús a quien está interesado en saber si son pocos los que se van a salvar, es muy diferente de los cálculos matemáticos. Jesús aprovecha lo que se le pregunta para invitar a quienes lo escuchan a no quedarse en especulaciones, sino a esforzarse por lograr la salvación. Meditemos en lo que esta invitación significa para nosotros, teniendo en cuenta también lo que nos dicen los textos de Isaías 66, 18-21 (primera lectura) y de la Carta a los Hebreos 12, 5-7. 11-13 (segunda lectura). 1. “Esfuércense en entrar por la puerta angosta” El Evangelio comienza diciendo que Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. Había en sus murallas una puerta muy angosta llamada “El Ojo de la Aguja”, a la cual se refiere Jesús en otro lugar de los evangelios indicando la exigencia de desprenderse de la carga de las riquezas materiales para pasar por ella: Es más fácil para un camello pasar por el ojo de la aguja, que para un rico entrar en el Reino de los Cielos (Mt 19, 24). El texto de Lucas en el Evangelio de hoy parece hacer alusión precisamente a esto, y el paralelo de Mateo nos habla no sólo de la puerta, sino también del camino: ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina; pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! (Mateo 7, 13-14). La segunda lectura dice al final: Enderecen los caminos tortuosos por donde han de pasar. Las imágenes de la puerta estrecha y del camino difícil nos indican que para lograr la salvación -para ser verdaderamente felices- debemos tener una conducta opuesta al facilismo. Hoy la publicidad suele invitar al éxito fácil y aparente, sin esfuerzo. Jesús propone todo lo contrario: la auténtica felicidad sólo podemos conseguirla desapegándonos de todo lo que nos estorba, es decir, de los afectos desordenados que nos impiden caminar y pasar por la puerta que nos conduce a la salvación. 2. “No sé de dónde son ustedes. ¡Aléjense de mí todos los malhechores!” Entre quienes oían a Jesús cuando pasaba predicando por ciudades y pueblos, había escribas o doctores de la ley, fariseos que se preciaban de pertenecer al pueblo escogido (como puede deducirse del versículo 31 del mismo capítulo 13 del Evangelio de Lucas, que sigue inmediatamente al pasaje de este domingo: (“También entonces llegaron algunos fariseos, y le dijeron a Jesús: -Vete de aquí…”). Ellos consideraban que ya tenían asegurada la salvación, simplemente por ser descendientes de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, de quienes provenía la nación de Israel, y por cumplir unos ritos externos a los cuales habían reducido el sentido de la ley de Dios promulgada antiguamente por Moisés. Pero no sólo ellos. También entre los primeros discípulos de Jesús existió la tentación, y persiste todavía entre nosotros, de pensar que por pertenecer a la Iglesia, por haber participado con frecuencia en la Eucaristía (hemos comido y bebido contigo), por haber oído sus enseñanzas (tú has enseñado en nuestras plazas), ya tenemos asegurada la salvación. Nada de eso. No bastan los ritos, ni los rezos, ni haber escuchado la Palabra de Dios. Hay que llevarla a la acción, lo cual muchas veces resulta difícil, sobre todo cuando esa acción implica renunciar a nuestro egoísmo y desprendernos de los apegos que impiden en nuestra vida el reinado de Dios, el cumplimiento de su voluntad. 3.  “Los últimos serán primeros y los primeros serán últimos” Esta frase, que aparece varias veces dicha por Jesús en los evangelios, puede entenderse mejor si la relacionamos con la primera lectura: “Ahora vengo a reunir a los paganos de todos los pueblos y de todos los idiomas”. Cuando Jesús dice que los últimos serán los primeros, se refiere precisamente a esos paganos, también llamados “gentiles” (en el hebreo bíblico “goyim”), a quienes los fariseos y doctores de la ley que se creían santos rechazaban y despreciaban relegándolos al último plano por no pertenecer racialmente a la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob. Lo que Jesús quiere decir es que aquellos “gentiles” que estuvieran dispuestos a escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica iban a ser los primeros beneficiarios de la acción salvadora de Dios por estar abiertos a Él. En cambio, quienes se preciaban de ser depositarios y beneficiarios únicos de las promesas del Señor y pensaban que éstas se cumplirían en ellos simplemente porque pertenecían al pueblo escogido y realizaban los ritos de una tradición religiosa que consideraban superior a las demás, quedarían en último lugar sin poder entrar en el Reino de Dios. Esta es entonces la lección que nos trae la Palabra del Señor este domingo: tenemos que esforzarnos para lograr la verdadera

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El mensaje del Domingo – 18 de agosto

Domingo XX del Tiempo Ordinario – C  Por: Gabriel Jaime Pérez, S. J.                           En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo he venido a prender fuego en la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! Tengo que ser sometido a un bautismo, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo! ¿Creen ustedes que he venido  a traer paz a la tierra? No, sino división. Porque, de hoy en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra” (Lucas (12, 49-53). Estas palabras de Jesús parecen a primera vista contrarias a todo lo que en muchos otros pasajes de los Evangelios se nos dice acerca de su mensaje constructivo de amor y de paz. Por eso hay que tratar de entenderlas en el contexto en el cual nos las presentan los evangelistas: Lucas en el texto de este domingo y Mateo en un pasaje paralelo (10, 34-36). El contexto es el viaje de Jesús con sus discípulos desde Galilea hacia Jerusalén, donde Él va a padecer y a morir en la cruz, precisamente porque su mensaje es rechazado por quienes detentan el poder religioso y político en esta ciudad y en toda la nación judía. Por eso quiere advertir a sus discípulos, para que tengan bien claro que la aceptación de su mensaje implica la exigencia de estar dispuestos a seguir a su Maestro hasta las últimas consecuencias.            1. “Yo he venido a prender fuego en la tierra” La imagen del oro que es purificado por el fuego en el crisol, suele ser utilizada en varios textos bíblicos para hacer referencia al proceso de purificación que libera al metal precioso de la escoria, es decir, de lo que no corresponde a su esencia.  Jesús emplea en este sentido el símbolo del fuego, para indicar que su misión es liberar a todos los que quieran acoger su mensaje mediante una purificación interior de la escoria del pecado, de todas las formas del egoísmo que le impiden al ser humano vivir en el amor, es decir vivir de acuerdo con el plan creador de Dios y ser verdaderamente feliz. La tierra  -o “el mundo”, como dicen otras traducciones de este pasaje de Evangelio- , es el lugar al que Jesús, como enviado de Dios Padre, ha venido para realizar ese proceso de liberación con su pasión, muerte y resurrección y mediante la acción del Espíritu Santo, uno de cuyos símbolos es precisamente el fuego, que además de ser un elemento de purificación es también energía que hace posible la luz y el calor para que se desarrolle y se renueve la vida. La Iglesia en su liturgia expresa una petición muy significativa en este sentido: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Este fuego del amor es el que Jesús ha querido encender, a partir de su pasión, muerte y resurrección. 2. “Tengo que pasar por un bautismo, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo!” El verbo “bautizar”, proveniente del griego, indica originalmente el acto por el cual una persona se sumerge o es sumergida en el agua, con un sentido de purificación y renovación vital.  Los símbolos unidos del fuego y el agua son empleados por los textos bíblicos del género llamado “apocalíptico”, es decir, el que se refiere a la revelación definitiva de Dios a la humanidad, para describir el juicio con el que será vencido el reino del pecado para instaurar el Reino de Dios y construir así un mundo nuevo. El Evangelio de hoy corresponde a este simbolismo. Jesús, el justo por excelencia que no necesita ser purificado, sin embargo se somete al juicio de Dios tomando sobre sus hombros la carga del pecado de toda la humanidad para que sea purificada y renovada en el crisol y en el torrente de su sacrificio redentor en la cruz. A esto se refiere concretamente Él cuando les anuncia a sus discípulos que ha venido a ser bautizado, es decir, sumergido en el torrente de su pasión y muerte de cruz, para luego resucitar con una vida nueva, y así darnos a todos nosotros la garantía de que también nuestra existencia tiene un horizonte de eternidad. 3. “¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división” Los profetas auténticos del Antiguo Testamento, como por ejemplo Jeremías, de cuyo libro está tomada la primera lectura de este domingo (38, 4-6. 8-10), solían crear en torno a ellos mismos reacciones encontradas, divisiones y contradicciones. En este sentido, ellos fueron prefiguraciones de lo que iba a ser el Mesías prometido en el cumplimiento de su misión profética. En otro pasaje del mismo Evangelio según san Lucas se cuenta que, cuando el niño Jesús fue presentado en el Templo de Jerusalén, un anciano llamado Simeón le dijo a María, su madre: “Mira, éste ha sido puesto para la ruina y la resurrección de muchos en Israel,  para ser signo de contradicción” (Lucas 2:34). Esto quiere decir que unos acogerán su mensaje y otros lo rechazarán, produciéndose así una división que, como lo dice el propio Jesús, se daría incluso en el seno de las familias. En efecto, ya desde los inicios de la Iglesia fundada por Jesucristo con la colaboración de sus apóstoles y primeros discípulos, su vida y sus enseñanzas suscitaron enfrentamientos en un ambiente de persecución al que se vieron sometidos los primeros cristianos, tanto por las autoridades religiosas del judaísmo como por las autoridades políticas de imperio romano. Pero el tema de la división no sólo corresponde a estos hechos iniciales, sino también al enfrentamiento, a menudo lleno de odio y de violencia, que a lo largo de la historia del cristianismo se ha dado entre las distintas interpretaciones y

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El Mensaje del Domingo – 11 de agosto

Domingo XIX del Tiempo Ordinario – Ciclo C Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                   En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -No tengan miedo, ovejas mías; ustedes son pocos, pero el Padre, en su bondad ha decidido darles el Reino. Vendan lo que tienen y den a los necesitados; procúrense bolsas que no se hagan viejas, riqueza sin fin en el cielo, donde el ladrón no puede entrar ni la polilla destruir. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas. Sean como empleados que esperan que su señor regrese de la boda, para abrirle apenas llegue y toque la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada! Les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y les servirá uno por uno. Dichosos ellos si los encuentra despiertos aunque llegue a la medianoche o de madrugada. Y sepan ustedes esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, ustedes entienden que se mantendría despierto y no le dejaría romper el muro. Estén también ustedes preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del Hombre. Pedro le preguntó: -Señor, ¿dijiste esta parábola para nosotros, o para todos? El Señor le respondió: -¿Quién es el administrador fiel y atento, a quien el amo ha puesto al frente de sus empleados para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el servidor a quien su señor, al llegar, lo encuentre cumpliendo con su deber. Les aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el administrador, pensando que su señor tarda en llegar, comienza a maltratar a los otros empleados y a las empleadas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, el día que menos lo espere y a una hora que no sabe, llegará su señor y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El servidor que sabe lo que su señor quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá(Lucas 12, 32-48). El tema central de este pasaje del Evangelio consiste en la exhortación que el Señor les hace a sus discípulos a estar preparados para cuando llegue el momento del encuentro definitivo con Dios en la eternidad. Esta exhortación, que es también para nosotros, la hace Jesús empleando varias comparaciones. Reflexionemos sobre ella, para que aquel momento que en el Evangelio es designado “la venida del Hijo del Hombre” no nos sorprenda descuidados. Y hagámoslo sin miedo, animados por la fe en Dios y la esperanza en su promesa de felicidad plena y sin fin. Porque también hoy Jesús nos dice a nosotros, como en aquel tiempo al pequeño grupo de sus primeros discípulos: “No tengan miedo…” 1. Donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón Jesús les había dicho en otra ocasión a sus discípulos que el Reino de Dios es semejante a un tesoro escondido en un campo que, quien lo encuentra, lo esconde de nuevo, vende todo lo que tiene y compra el campo (Mateo 13, 44). Así, pues, cuando Él emplea la imagen del tesoro está refiriéndose precisamente a la diferencia entre el Reino de Dios, que tiene un valor infinito, y las riquezas materiales, que son pasajeras. Si lo más valioso para nosotros es lo material, allí estarán nuestros afectos, allí estará nuestro corazón, hasta sacrificar los demás valores -familiares, sociales y espirituales- en función de aquello que consideramos más importante. En cambio, si reconocemos que los bienes materiales son sólo medios en función de lograr el fin para el que fuimos creados y que consiste en ser plena y eternamente felices, y que este fin sólo lo alcanzamos disponiéndonos en todo a amar y servir a Dios amando y sirviendo a nuestros hermanos, en especial a los más necesitados, habremos hallado el tesoro que verdaderamente vale más que todas las riquezas terrenas. Y es en este tesoro espiritual en el que debe estar nuestro corazón.    2. ¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada! La imagen del servidor es inmensamente significativa. En el mismo Evangelio según san Lucas, Jesús les diría a sus discípulos al compartir con ellos la última cena antes de su pasión y muerte en la cruz: “Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (Lucas 22, 27). Y esto ocurre precisamente cuando sus discípulos se ponen a discutir sobre quién de ellos es más importante. En este mismo contexto podemos entender lo que Jesús nos dice hoy en la parábola de los servidores vigilantes: ¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada! Les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y les servirá uno por uno. Y al volver sobre el tema en su respuesta a la pregunta de Pedro (Señor, ¿dijiste esta parábola para nosotros, o para todos?), el Señor toma como figura la relación entre los empleados y el dueño de una hacienda. Si nos fijamos en la parte final de la respuesta de Jesús a Pedro en el Evangelio, podríamos considerar bastante cruel el comportamiento de un patrón que castiga a sus servidores que se han portado mal dándoles azotes. Pero Jesús simplemente está empleando una figura, sin juzgar si es o no correcto el comportamiento del dueño de la hacienda. Lo que importa es la enseñanza de fondo, que aparece en la frase final de Jesús: “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá”. 3.  Si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón (…) Esta comparación empleada por Jesús se relaciona muy significativamente con la del tesoro donde debe estar nuestro corazón. El verdadero tesoro que le

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EL Mensaje del Domingo – 21 de julio

Domingo XVI del Tiempo Ordinario – Ciclo C Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J. Cuando iban de camino hacia Jerusalén, llegó el Señor a un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María. María se sentó a los pies del Señor a escuchar su enseñanza. Marta, en cambio, andaba ocupada en el trajín del servicio, hasta que se acercó a Jesús y le dijo: “Señor, fíjate que mi hermana me dejó sirviendo sola. Dile que me ayude”. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, tú te afanas y preocupas por demasiadas cosas, cuando una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”. (Lucas 10, 38-42). 1. Dos formas distintas de atención al Señor Por los datos que encontramos en los otros tres evangelios, pero especialmente en el de Juan, el pueblo cercano a Jerusalén al que se refiere Lucas se llama Betania, donde vivían Lázaro, Marta y María, tres hermanos de una familia que tenía una especial amistad con Jesús. El Evangelio de Lucas dice que Marta lo recibió en su casa, lo cual parece indicar, por una parte, que ella era quien manejaba los asuntos domésticos, y, por otra, que el huésped principal era Jesús, aunque seguramente no el único, pues el evangelista menciona además a los doce apóstoles. De Lázaro no se nos dice nada en esta ocasión. Cada una de las dos hermanas atiende a los invitados de distinto modo. Marta preparándoles algo de comer y beber, y María dedicada únicamente a escuchar a Jesús. Son dos formas de ejercer la hospitalidad, pues así como hay que ofrecerles algo a los visitantes, también es preciso estar con ellos y escucharlos. Sin embargo, según el Evangelio, una de estas formas de atención es la “única necesaria”. ¿Qué nos quiere decir con esto la Palabra de Dios? Se suele interpretar este pasaje del Evangelio en el sentido de una contraposición entre la vida contemplativa -representada en María- y la vida activa -representada en Marta-, para concluir que la primera es más valiosa que la segunda. Sin embargo, en lugar de oponerlas, podemos más bien considerarlas como complementarias. En la Iglesia existen distintas formas de servir al Señor, unas caracterizadas por la dedicación intensiva a la oración (que son las propias por ejemplo de las comunidades llamadas “contemplativas”), otras dedicadas al trabajo externo en distintos frentes de la acción pastoral, educativa o social, sea en diferentes comunidades religiosas o en variadas modalidades del apostolado laical, incluso en el ejercicio de una profesión o un oficio a través del cual se presta un servicio constructivo a los demás. Todas estas formas de servir a Dios son valiosas, pero, eso sí, en todas es necesario escuchar con atención la Palabra del Señor como condición indispensable de un servicio cualificado. 2. No desperdiciar la presencia del Señor La primera lectura bíblica de este domingo, tomada del Génesis (18, 1-10a), nos cuenta cómo Abraham recibió a tres visitantes y se puso a atenderlos con la colaboración de su esposa Sara. Dios mismo les manifestó a Abraham y a Sara su presencia a través de aquellos visitantes, para anunciarles que tendrían un hijo. Abraham hubiera podido dejar pasar de largo a los tres caminantes, pero no desperdició la presencia de Dios, como tampoco la desperdiciaron Marta y María en Betania al recibir y atender a Jesús. Él está en el sagrario, pues en la Eucaristía ha querido dejarnos su presencia real. Pero también se nos hace presente de muchas otras formas, por ejemplo en nuestros prójimos, especialmente en los más necesitados de atención. ¿Qué hacer para no desperdiciar su presencia? Como les sucedió en Mambré a Abraham y Sara, y en Betania a Marta y María, el Señor se hace presente en la vida cotidiana de cada uno y cada una de nosotros de muchas formas. Por ello es necesaria una disposición constante a no dejarlo pasar de largo, a aprovechar al máximo su cercanía y su presencia. 3. “Sólo una cosa es necesaria…” Muchas veces el ajetreo de las preocupaciones materiales nos impide atender a nuestras necesidades espirituales y prestar la atención debida a lo que nos quiere decir el Señor. De tal manera podemos dejarnos envolver por el activismo, que no encontremos tiempo para escuchar la Palabra de Dios. El atafago cotidiano, sobre todo cuando nos dejamos llevar de la adicción al trabajo sin descanso, nos puede llevar a situaciones en las cuales no tenemos espacios de silencio interior para disfrutar de una buena lectura -y ante todo de la lectura de la Palabra de Dios-, para meditar sobre el sentido de lo que hacemos, o para prestar atención a lo que el Señor quiere decirnos a través de quienes conviven con nosotros bajo el mismo techo o laboran en nuestros mismos lugares de trabajo, o para detenernos a contemplar las maravillas de su creación, o para reflexionar sobre los acontecimientos mismos de nuestra vida cotidiana en los cuales puede estar presente un llamado especial de Dios. Pensemos por ejemplo en la familia: esposos y esposas enfrascados en sus ocupaciones, que no buscan espacios para escucharse mutuamente; padres y madres que trabajan para darles bienestar material a sus hijos, pero no ponen atención a sus necesidades afectivas e incluso se pierden de lo que podrían aprender de ellos y de las oportunidades que tendrían de ayudarles si dedicaran por lo menos algo de su tiempo a escucharlos. O pensemos también en empresas u organizaciones en las que lo único importante es trabajar, trabajar y trabajar para producir, producir y producir, sin que haya espacios para la atención a las necesidades emocionales y espirituales de las personas, para propiciar el diálogo y la re-creación (así, separado, para expresar que se trata de una renovación del espíritu, de una nueva creación). Por eso, a la luz de la Palabra de Dios, revisemos cómo estamos procediendo y dispongámonos a poner en práctica los correctivos requeridos para actuar en función de

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El Mensaje del Domingo – 14 de junio

XV Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J. En cierta ocasión, un maestro de la ley fue a hablar con Jesús, y para ponerlo a prueba le preguntó: -Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús le contestó: -¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué es lo que lees? El maestro de la Ley contestó: -‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente’; y ‘ama a tu prójimo como a ti mismo.’ Jesús le dijo: -Has contestado bien. Si haces eso, tendrás la vida. Pero el maestro de la Ley, queriendo justificar su pregunta, dijo a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo? Jesús entonces le contestó: Un hombre iba por el camino de Jerusalén a Jericó, y unos bandidos lo asaltaron y le quitaron hasta la ropa; lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote pasaba por el mismo camino; pero al verlo, dio un rodeo y siguió adelante. También un levita llegó a aquel lugar, y cuando lo vio, dio un rodeo y siguió adelante. Pero un hombre de Samaria que viajaba por el mismo camino, al verlo, sintió compasión. Se acercó a él, le curó las heridas con aceite y vino, y le puso vendas. Luego lo subió en su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, el samaritano sacó el equivalente al salario de dos días, se lo dio al dueño del alojamiento y le dijo: ‘Cuide a este hombre, y si gasta usted algo más, yo se lo pagaré cuando vuelva.’ Pues bien, ¿cuál de esos tres te parece que se hizo prójimo del hombre asaltado por los bandidos? El maestro de la Ley contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Pues ve y haz tú lo mismo. (Lucas 10, 25-37). 1. “Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Cuando Jesús contesta a esta pregunta del maestro de la Ley con otra que lo remite a la Sagrada Escritura (cuyos cinco primeros libros componen lo que en hebreo se llama la “Torá”, es decir, la Ley), lo invita a que este mismo, que se precia de conocerla al pie de la letra, se confronte ante lo que en ella se dice. La primera lectura de este domingo, tomada de uno de los 5 libros de la Torá, el Deuteronomio (30, 10-14), nos invita a escuchar la voz de Dios y guardar sus mandamientos, que son conocidos y están al alcance de todos. Y en el Evangelio, el maestro de la Ley al responderle a Jesús cita en primer lugar otro pasaje del mismo Deuteronomio (escrito hacia el siglo VII a. C. y que en griego significa “la segunda formulación de la ley”): Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor: Ama al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todas tus fuerzas y todo tu espíritu (6, 4-5). Este es el primero de los diez mandamientos, descritos anteriormente en el Éxodo (20, 1-17) -otro libro de la Torá cuyo nombre significa “salida” y que narra la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto-, y nuevamente formulados en el Deuteronomio (5, 1-21). Pero para explicitar con mayor claridad la esencia de la Ley de Dios, es preciso citar además -y es lo que hace el mismo maestro de la Ley- otro precepto que se encuentra también en la Torá, en el libro llamado Levítico, correspondiente a la tradición sacerdotal judía según la cual los levitas o descendientes de la tribu de Leví -uno de los 12 hijos de Jacob- se ocupaban desde el siglo V a. C. de la administración del culto en el Templo de Jerusalén. En este libro, después de una nueva evocación de los diez mandamientos y de otros preceptos referentes a las relaciones humanas (19, 3-18a), se concluye diciendo: Ama a tu prójimo como a ti mismo (19, 18b). 2. “¿Y quién es mi prójimo?” Toda la Ley de Dios se resume en una sola palabra: hesed en hebreo, ágape en griego. Estos términos bíblicos equivalen en castellano a nuestro término amor (o caridad) en su sentido más completo: el amor benevolente, que supera la autosatisfacción del “ego” para querer por encima de todo el bien del otro. Su grado máximo es la compasión, es decir, la disposición efectiva a compartir el sentimiento y aliviar la situación de quien padece cualquier tipo de dolor o necesidad. Por eso la “parábola del buen samaritano” puede llamarse también parábola de la compasión y parábola del prójimo. Los judíos solían considerar prójimos -próximos o cercanos- a los de su misma raza, cultura, nación o religión. Jesús, en cambio, muestra como prójimo nada menos que a un extranjero, perteneciente a un pueblo de distinta procedencia étnica y de distinto credo, y además enemigo de los judíos. Esta forma de pensar de Jesús era inconcebible para sus contemporáneos y sigue siéndolo hoy para quienes no son capaces de reconocer la dignidad de cualquier ser humano. Por eso la parábola del buen samaritano constituye una enseñanza no sólo en el sentido de la compasión como grado máximo del amor, sino aún más: nos enseña también que el prójimo es cualquier persona, sin importar las diferencias, y especialmente toda persona necesitada; y además que Jesús mismo, representado en el samaritano, es nuestro “prójimo”, el Dios próximo, el Dios cercano, el Dios-con-nosotros, el Dios compasivo y misericordioso que se hizo hombre para salvarnos, hasta dar su vida por toda la humanidad con su sangre derramada en la cruz -como escribe san Pablo en su carta a los Colosenses, de la cual está tomada la segunda lectura-, y por eso podemos dirigirnos a él con las palabras del Salmo 69 (68), que se encuentra entre las lecturas de este domingo: Señor, con la bondad de tu gracia, por tu gran compasión vuélvete hacia mí … Yo

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El Mensaje del Domingo – 30 de junio

Domingo XIII del Tiempo Ordinario – Ciclo C Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                        Cuando ya se acercaba el tiempo en que Jesús había de subir al cielo, emprendió con valor su viaje a Jerusalén. Envió por delante mensajeros, que fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque se daban cuenta de que se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: -Señor, ¿quieres que ordenemos que baje fuego del cielo, y que acabe con ellos? Pero Jesús se volvió y los reprendió. Luego se fueron a otra aldea.  Mientras iban de camino, un hombre le dijo a Jesús: -Señor, deseo seguirte a dondequiera que vayas. Jesús le contestó: -Las zorras tienen cuevas y las aves tienen nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza. Jesús le dijo a otro: -Sígueme. Pero él respondió: -Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le contestó: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve y anuncia el reino de Dios. Otro le dijo: -Señor, quiero seguirte, pero primero déjame ir a despedirme de los de mi casa. Jesús le contestó: -El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no sirve para el reino de Dios (Lucas 9, 51-62). Este pasaje del Evangelio nos propone una reflexión sobre las condiciones que exige el seguimiento de Jesús. Veamos cuáles son esas condiciones, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de este domingo [1 Reyes 19, 16b.19-21; Salmo 16 (15); Carta de Pablo a los Gálatas 5, 1.13-18]. 1.“¿Quieres que ordenemos que baje fuego del cielo, y que acabe con ellos?”    La primera condición para seguir a Jesús es la actitud de tolerancia, opuesta diametralmente al fanatismo. El relato del Evangelio nos presenta a Jesús caminando con sus discípulos de norte a sur, es decir, desde la región de Galilea hacia la provincia de Judea, cuya capital era Jerusalén. Para llegar a esta ciudad tenían que pasar por el país de Samaria, cuyos pobladores, los llamados “samaritanos”, eran enemigos de los judíos. La reacción de Santiago y Juan, que en los evangelios son apodados “los hijos del trueno” seguramente por los impulsos de su temperamento primario pero también precisamente por aquello de querer que cayera un rayo sobre los samaritanos que no  habían querido recibir a Jesús, es ni más ni menos la misma de los fanáticos religiosos, que consideran que su causa tiene que triunfar mediante la destrucción o eliminación de quienes se les opongan. Esta actitud intransigente e intolerante, que tiene mucho en común con las posiciones políticas extremas -sean de “izquierda” o de “derecha”-, existen por desgracia en todas las religiones, como también en todos los grupos sectarios que se consideran a sí mismos como los buenos y santos, y conciben a Dios como un juez castigador y destructor de aquellos a quienes ellos consideran los malos y pecadores. La actitud de Jesús, que con su ejemplo nos revela cómo es y como actúa Dios, es totalmente contraria al fanatismo intolerante. Revisemos entonces cuál es nuestro grado de tolerancia o de intolerancia, y saquemos nuestras propias conclusiones si de verdad queremos ser coherentes con nuestra opción de ser auténticos seguidores de Cristo. ¿Aceptamos la diferencia de pensamientos y opiniones? ¿O somos intransigentes porque nos creemos los “buenos” y consideramos “malos” a quienes no piensan como nosotros?  2.“El Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza” Una segunda condición del seguimiento de Jesús es el desapego, consistente en la disposición a no vivir instalados. Ser discípulo de Cristo exige no apegarse a las comodidades materiales y tener la fortaleza necesaria para asumir las dificultades y los sacrificios que implica cumplir la voluntad de Dios, que es voluntad de amor mostrada más en las obras que en las palabras. Esta disposición va en contra de la tentación del facilismo, tan característica de la mentalidad de quienes quieren el éxito sin esfuerzos, el dinero sin trabajo, las comodidades y los placeres propios de una existencia esclavizada por el culto a lo material. El verdadero seguidor de Jesús, por el contrario, es un ser libre de la esclavitud del egoísmo que impide realizar la ley del amor, tal como nos lo dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura: “Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud.Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad. Pero no usen esta libertad para dar rienda suelta a sus instintos. Más bien sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se resume en este solo mandato: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5, 1. 13-14). Preguntémonos: ¿Tengo la disposición de asumir el esfuerzo que implica seguir a Jesús, con la libertad propia de quien no se deja atar por los apegos o afectos desordenados? ¿Cuáles son en mi caso esos apegos, esos afectos que me impiden seguir libremente a Jesucristo, y por lo mismo me impiden amar de verdad? 3.“El que empuña el arado y mira para atrás no sirve para el Reino de Dios” La tercera condición es no dejarse enredar por lo que pueda impedir la perseverancia en el camino emprendido. En contraste con lo que cuenta el relato de la primera lectura refiriéndose a la vocación profética de Eliseo para seguir como discípulo al profeta Elías (1 Reyes 19, 16b.19-21), a primera vista parece desconsiderado lo que le dice Jesús a quien le pide ir primero a enterrar a su padre, o al otro que quiere ir a despedirse de su familia. Sin embargo, lo que el Evangelio pretende resaltar es la radicalidad que implica la decisión prioritaria de seguir a Cristo: el Señor está por encima de todo, incluso de la propia familia, a la cual podría estar uno tan apegado que los lazos de parentesco le impidan seguirlo con

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El Mensaje del Domingo – 23 de junio

XII Domingo Ordinario – Ciclo C Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                        Un día en que Jesús estaba orando solo, y sus discípulos estaban con él, les preguntó: – ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: -Algunos dicen que eres Juan el Bautista, otros dicen que eres Elías, y otros dicen que eres uno de los antiguos profetas, que ha resucitado. -Y ustedes, ¿quién dicen que soy? les preguntó.  Y Pedro le respondió: -Tú eres el Mesías de Dios. Pero Jesús les encargó mucho que no dijeran esto a nadie. Y luego les dijo: -El Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, y será rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Lo van a matar, pero al tercer día resucitar(Lucas 9,18-24).  Después les dijo a todos: -Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la salvará.   1.-Y ustedes, ¿quién dicen que soy? Pedro le respondió: -Eres el Mesías de Dios. El contenido de la profesión de fe de Pedro constituye el tema central de la fe cristiana: reconocer que Jesús es el Mesías o el Cristo título proveniente respectivamente de los idiomas hebreo y griego, que significa Ungido, es decir, elegido y consagrado para realizar la misión de hacer presente en la tierra el Reino de Dios. Este título había cobrado un sentido especial desde los tiempos de los profetas del Antiguo Testamento, quienes anunciaron la promesa de un Salvador que sería ungido por Dios mismo para liberar al pueblo de Israel después de las experiencias dolorosas de la opresión y la esclavitud sufridas durante las distintas dominaciones extranjeras.Por eso existía la tentación de esperar un Mesías guerrero, que por la fuerza de las armas recobraría el poder político derrotando al imperio opresor. Y por eso precisamente dice el Evangelio que Jesús, después de ser reconocido por Pedro como el Cristo o Mesías, “les encargó mucho que no dijeran esto a nadie”: para que no se  confundiera su misión con la de un líder político. Este tipo de líder era el que anhelaban muchos en aquel tiempo, y por eso no les cabía en la cabeza a los primeros discípulos de Jesús que Él les hablara de su pasión y muerte, así agregara la referencia a la resurrección. 2.- Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame.  Esta exhortación de Jesús a sus discípulos es diametralmente contraria a la tentación de  una vida sin esfuerzo o del éxito fácil. Por eso, si queremos nosotros ser de verdad cristianos, es decir, seguidores de Cristo, tenemos que identificarnos con Él: salir cada cual de sí mismo renunciando a toda forma de egoísmo, para ponerse al servicio del Reino de Dios, reino de justicia, de amor y de paz, hasta las últimas consecuencias. En la primera lectura de este domingo, tomada del libro del profeta Zacarías (12, 10-11; 13,1), Dios hace oír su Palabra diciendo: “Me mirarán a mí, a quien traspasaron”. Es un anuncio de lo que sucedería varios siglos después con Jesucristo crucificado y que precisamente evocaría el Evangelio según san Juan en su relato de la pasión del Señor. Pero la Palabra de Dios nos invita no sólo a dirigir nuestra mirada a la imagen de la herida causada por la lanza que traspasó el costado del cuerpo de Jesús crucificado  y le hizo derramar hasta la última gota de su sangre, sino además a cargar también nosotros con nuestra cruz de cada día. En otras palabras: la pasión de Jesucristo y su muerte en la cruz no son presentadas por los Evangelios para que las contemplemos pasivamente. Los evangelistas las han narrado para que procuremos identificarnos con Aquél que dio su vida por nosotros y por toda la humanidad, y nos dispongamos a cargar nuestras cruces cotidianas. Cargar la cruz cada día significa estar dispuestos a asumir las dificultades que conlleva el diario existir para cada uno y cada una de nosotros. Y también la exhortación de Jesús a cargar con nuestra cruz de cada día implica una invitación a buscar ayuda y dejarnos ayudar, cuando sentimos que el peso de esa cruz es una carga que no podemos soportar solos. Tenemos disponible la ayuda de Dios, pero ella nos puede llegar a través de personas de las que Él se sirve como instrumentos. Igualmente nosotros podemos ser instrumentos de Dios para ayudar a otros a llevar sus cruces, solidarizándonos con el dolor de los que sufren. 3.- Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la salvará “Por el bautismo ustedes se han revestido de Cristo”, nos dice hoy la segunda lectura, tomada de la Carta de Pablo a la comunidad de los Gálatas (3, 26-29) en el Asia Menor, hoy Turquía. Revestirse de Cristo es precisamente identificarse con Él en su manera de pensar, en sus sentimientos, en sus actitudes. En otra de sus cartas, la dirigida a los Filipenses o integrantes de la primera comunidad cristiana de la ciudad de Filipos, en Macedonia, el mismo apóstol dice: “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual, aunque existía con el mismo ser de Dios,no se aferró a su igualdad con Él, sino que renunció a lo que era suyoy tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, una muerte en la cruz.  Por eso Dios le dio el más alto honor…” (Filipenses 2, 5-11). Por eso mismo, cuando Jesús les dice en el Evangelio a sus discípulos “el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda la vida por causa mía, la salvará”, está refiriéndose a

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El Mensaje del Domingo – 16 de junio

XI Domingo del Tiempo Ordinario Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                                Un fariseo invitó a Jesús a comer en su casa. Entró, pues, Jesús a aquella casa y tomó asiento. Y una mujer de mala vida que había en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, llegó con un frasco de alabastro lleno de perfume, se  colocó detrás, a los pies de Jesús, llorando, y con sus lágrimas empezó a bañarle los pies; se los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y derramaba sobre ellos el perfume. Al ver esto el fariseo que lo había invitado, pensó: “Si este hombre fuera profeta, se daría cuenta de quién es la mujer que lo está tocando, y de lo que es: una mujer de mala vida”. Jesús entonces le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. “Dilo, maestro”, respondió él. Y le dijo Jesús: “Dos hombres debían dinero a su prestamista. El uno le debía dinero por valor de quinientos jornales, y el otro por valor de cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos se mostrará más agradecido?” Simón contestó: “Supongo que aquél a quien más le perdonó. “Tienes toda la razón”, respondió Jesús. Luego, volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: “¿Ves esta mujer? Cuando entré en tu casa, tú no me ofreciste agua para lavarme los pies. Ella, en cambio, me los bañó con sus lágrimas y me los secó con sus cabellos. Tú no me saludaste con un beso, y ella, desde que llegué, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ofreciste ungüento para la cabeza, y ella derramó perfume en mis pies. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, pues se ha mostrado tan agradecida. En cambio, al que poco se le perdona, se muestra poco agradecido”. Entonces le dijo a la mujer: Tus pecados están perdonados”. Los otros convidados empezaron a decirse: “¿Quién será este hombre, que hasta perdona los pecados?” Y Jesús le dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz”. (Lucas 7, 36-50). Esta pecadora arrepentida suele ser identificada con María Magdalena (de Magdala), a quien nombra el evangelista Lucas al iniciar el capítulo siguiente de su Evangelio como una de las seguidoras de Jesús que, con los doce apóstoles, lo acompañaban mientras Él recorría la región de Galilea (Lc 8, 1-3). Sin embargo, no hay en el Evangelio ninguna indicación de que ella sea la misma mujer mencionada sin nombre en el relato de la comida de Jesús con Simón el fariseo. Sea la misma o no, lo importante es lo que nos enseña Jesús mostrándonos cómo es la misericordia de Dios, y cómo debemos nosotros actuar si queremos ser sus auténticos seguidores. Meditemos, pues, en lo que constituye el mensaje central del Evangelio y las otras lecturas de este domingo [2 Samuel 12, 7-10.13; Salmo 32 (31); Gálatas 2, 16.19-21].     1. La misericordia de Dios es acogida por quien reconoce su necesidad de salvación Lo primero que resalta en el relato del Evangelio es el contraste entre lo que piensa el fariseo y la actitud de Jesús. Para el fariseo, aquella mujer ya estaba rotulada como una prostituta, y como tal merecía ser despreciada. Así piensan siempre quienes se creen superiores a los demás, y por eso para ellos las personas a las que consideran pecadoras no tienen posibilidad de redención. En cambio, el mensaje que nos comunica Jesús es que para cualquier persona, por más bajo que haya caído, si se reconoce necesitada de salvación y está dispuesta a cambiar su comportamiento, puede empezar un nuevo porvenir. Dios nos ama, no porque nosotros seamos “buenos”, sino porque quiere liberarnos del pecado, ofreciéndonos siempre su perdón y la fuerza del Espíritu Santo para que podamos vivir de acuerdo con Él, que es Amor. Esto es lo que nos indica en la segunda lectura el texto de la Carta de Pablo a los Gálatas o primeros cristianos de Galacia, una comunidad  que el mismo apóstol había formado en el Asia Menor durante uno de sus viajes misioneros (Ga 2, 16.19-21). Y esto mismo es lo que Jesús le enseña al fariseo al contarle la parábola de los deudores y el prestamista, refiriéndose al detalle de la gratitud. El fariseo pensaba que nada le debía a Dios, y por eso nada tenía que agradecerle. Pero la pecadora sí que tenía motivos para dar gracias.  2. El sacramento de la reconciliación, signo de la misericordia de Dios Varios de los elementos constitutivos del sacramento de la reconciliación -examen de conciencia, contrición de corazón o arrepentimiento, propósito de la enmienda, confesión, absolución, reparación- aparecen en las lecturas de hoy. En la primera, Dios le habla a David a través del profeta Natán, invitándolo a examinar su conciencia después del pecado que ha cometido al darle muerte al jefe de su ejército -“Urías el hitita”- para casarse con su mujer. Y David reconoce su pecado, se arrepiente y lo confiesa: he pecado contra el Señor. El salmo responsorial proclama dichoso quien es absuelto de sus culpas al reconocerlas y confesarlas. En la segunda lectura, el apóstol Pablo relaciona la obtención de perdón con la fe en la misericordia de Dios revelada por Jesús. Y en el Evangelio, la pecadora confiesa con su actitud que está dispuesta a cambiar de vida, y recibe de Jesús la absolución: Tus pecados están perdonados. Falta explicitar la reparación (popularmente llamada “penitencia”), que consiste en procurar una compensación, en lo posible, del mal que se le haya causado a alguien; éste es el sentido precisamente de la relación  entre verdad y reconciliación: reconocer uno su culpa ante la persona a quien ha ofendido, es ya en sí la manifestación de una voluntad de reparación.  3. Ser seguidores de Jesucristo es estar siempre dispuestos a reconocernos pecadores, y también a perdonar como Él nos perdona No es fácil pedir perdón a quienes se ha ofendido,

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El Mensaje del Domingo – 9 de junio

X Domingo Ordinario – Ciclo C  Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                                  En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.» Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «Muchacho, a ti te lo digo, ¡levántate!» El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera (Lucas 7, 11-17). El Evangelio de este domingo nos invita a creer en la fuerza resucitadora de Dios que obra en Jesús de Nazaret por la acción del Espíritu Santo, que como dice la versión más larga del Credo, es “Señor y dador de vida”. Meditemos sobre el significado de este relato de la resucitación del hijo de la viuda de Naím, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas: 1 Reyes 17, 17-24; Sal 29, 2. 4. 5-6. 11.12ª.13b; Gálatas 1, 11-19.   1.  Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda En los Evangelios se narran tres milagros de resucitación: el de una niña -la hija de Jairo, jefe de la Sinagoga de Cafarnaúm-, el de un joven -el hijo de la viuda de Naím- y el de Lázaro, el amigo de Jesús y hermano de Marta y  María, en Betania. Son resucitaciones, es decir, regresos a la vida física, como lo habían sido los milagros similares que se narran en textos del Antiguo Testamento, entre ellos el de la primera lectura de hoy, que nos muestra al profeta Elías invocando a Dios para devolverle la respiración al hijo de una viuda. Por eso, porque se trata de un regreso a la vida física, podemos hablar más precisamente de resucitación en vez de resurrección. Reservemos el término “resurrección” para el paso a una vida nueva, distinta de la física y perteneciente al orden espiritual de lo que llamamos el “más allá”, y que afirmamos cuando proclamamos nuestra fe en el misterio pascual de nuestro Señor Jesucristo, cuya resurrección gloriosa es prenda de nuestra participación con Él en lo que el Credo llama “la vida eterna” o “la vida del mundo futuro”. La hija de Jairo, el hijo de la viuda y el amigo Lázaro se volvieron a morir, lo mismo que muchas personas que tuvieron la experiencia del “regreso del túnel”, como suele llamarse a la resucitación. Incluso en el lenguaje médico se designa con esta palabra una técnica que  devuelve las funciones vitales a quienes se les aplica con éxito. Ahora bien, esto no demerita para nada los hechos milagrosos narrados en textos bíblicos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Dios es el dueño de la vida, y por eso puede hacer que un ser humano vuelva a su existencia corporal terrena. Los tres milagros obrados en este sentido por Jesús, como también otros similares realizados por Dios a través de los antiguos profetas y de los discípulos de Jesús (relatados en el libro de los Hechos de los Apóstoles), son muestra palpable de ello. 2.  «Muchacho, a ti te lo digo, ¡levántate!» Estas palabras de Jesús podemos aplicarlas hoy a la situación de muchos jóvenes que  experimentan la muerte de su existencia al estar sumidos en el abismo del alcohol o de los estupefacientes, y por eso necesitan la energía del Espíritu Santo para revivir. A cada uno y cada una Jesús se dirige personalmente para invitarles a salir de esa postración mortal y recobrar el ánimo de una vida con sentido, constructiva para sí y para la sociedad. Jesús siente compasión  de aquella viuda de Naím y la consuela devolviéndole la vida a su hijo. ¡Cuántas madres desconsoladas lloran hoy la situación de sus hijos muertos en vida! Sintámonos también nosotros solidarios con los padres y madres de tantos jóvenes deshechos por las adicciones que destruyen sus vidas, y unámonos a ellas en la oración, como también con toda la ayuda que podamos ofrecerles, para que sus hijos resuciten a una vida productiva y constructiva. Pero la palabra de Dios en este Evangelio no sólo se dirige a los jóvenes. También va dirigida a todas las personas postradas o inmovilizadas por cualquier situación que les impide vivir positivamente. “No llores” y “levántate”, son invitaciones constantes de Jesús: a quienes lamentan las situaciones difíciles para que renazcan a la esperanza en el Dios de la vida,  y a quienes han tocado fondo para que resurjan y sea renovada su existencia. 3.Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios  Los Evangelios nos cuentan que, al ver los milagros de Jesús, las gentes que lo seguían quedaban admiradas y alababan a Dios por lo que habían presenciado. En el lenguaje bíblico, “dar gloria a Dios” significa precisamente eso: alabar al Señor por sus obras maravillosas. Esto mismo es lo que expresan constantemente los Salmos. Pero el “dar gloria a Dios” no debe quedarse en las meras palabras, debe pasar a los hechos, como nos lo muestra por ejemplo el apóstol san Pablo, quien  en la segunda lectura de este domingo nos recuerda el milagro de su conversión y reafirma el sentido de la misión que le fue confiada por nuestro Señor Jesucristo al darle un nuevo sentido a su vida:  “Aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles” -es decir, a los paganos, que no profesaban la religión judía-. Cumpliendo esta misión fue precisamente como Pablo le dio gloria a

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