EL MENSAJE DEL DOMINGO

IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

abril 6En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Luego les dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? » Jesús contestó: « ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.»  Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.» Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará.» Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de que no hayamos estado allí, para que crean. Y ahora vamos a su casa.» Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él.» Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»  Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama.» Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía de prisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.» Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: « ¿Dónde lo han enterrado?» Le contestaron: «Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: « ¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quiten la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: « ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente «Lázaro, ven afuera.» El muerto salió, con los pies y las manos sujetos con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo andar.» Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él (Juan 11, 1-45).

La palabra de Dios nos invita a prepararnos para la Semana Santa situándonos en la perspectiva de la resurrección. Jesús sube con sus discípulos hacia Jerusalén y llega a Betania, a tres kilómetros de la ciudad donde va a ser condenado a morir en la cruz. El relato de la resucitación de Lázaro nos muestra varios aspectos de esta perspectiva esencial a nuestra fe, que nos abre a la esperanza en una vida futura. Reflexionemos sobre ellos teniendo en cuenta también las otras lecturas: la de un profeta que vivió entre los siglos VII y VI AC. (Ezequiel 37, 12-14), y la de la carta del apóstol san Pablo a los primeros cristianos de Roma en el siglo I de nuestra era (Romanos 8, 8-11).

1. Jesús nos muestra con su ejemplo cómo se debe compartir el dolor

Uno de los rasgos característicos de Jesús en el Evangelio de Juan es el afecto especial que les tenía a sus amigos de Betania, los hermanos Lázaro, Marta y María. Jesús acude con sus discípulos a la casa de estos amigos suyos, por la que había pasado en sus viajes a Jerusalén, y comparte con Marta y María el dolor por el que están pasando. Es en los momentos difíciles cuando se muestra la verdadera amistad, y Jesús nos da un ejemplo claro de ello. Cuando lo ven llorar, los presentes dicen: ¡Cómo lo quería! Tanto entonces como hoy, existe una máxima machista que pretende negar a los varones el derecho a expresar con lágrimas sus sentimientos de dolor: “los hombres no lloran”. Esta mentalidad es desmentida por Jesús, que expresa sollozando el afecto de amistad que lo unía a aquella familia. Ése es el Dios hecho verdadero hombre en Jesús de Nazaret, que nos enseña con su comportamiento humano cómo se comparte sinceramente el dolor.

2. Las resucitaciones obradas por Jesús son signo de que Él es el Señor de la vida

Los Evangelios cuentan tres milagros de resucitación realzados por Jesús: la de la hija de un jefe de la sinagoga de Cafarnaúm llamado Jairo (Marcos 5, 35-43), la del hijo único de una viuda en la aldea de Naím (Lucas 7, 11-17) y la de Lázaro, narrada en el Evangelio de Juan. En la Biblia aparecen asimismo otras resucitaciones: las de dos niños realizadas respectivamente por los profetas Elías (1 Reyes 17, 17-23)  y Eliseo (2 Reyes 4, 31-37), y las de una mujer y un joven efectuadas por los apóstoles Pedro y Pablo, narradas en los Hechos de los Apóstoles (9, 40-42 y 20, 7-12). Todos estos relatos tienen en común que aquellas personas volvieron a morir, lo cual significa que fueron precisamente resucitaciones o revivificaciones físicas, distintas de lo que podemos entender por resurrección cuando decimos que Jesús “resucitó de entre los muertos”, afirmando así que Él, en su naturaleza humana, después de su muerte en la cruz pasó a una vida diferente de la que tenía antes: una vida inmortal con lo que llamamos un “cuerpo espiritual”, como lo designa san Pablo en su primera carta a los Corintios (15, 44).

Por eso al considerar es preciso ir al fondo del significado de los milagros de resucitación, más allá de las posibles explicaciones científicas (estados de catalepsia, ausencia de signos vitales o “regresos” después de haber experimentado “el túnel”). Y el fondo es precisamente que para toda persona, puede comenzar un nuevo porvenir en virtud de la fe en el Dios que revela Jesucristo: un Dios que es Señor de la vida, un Dios que, como dice el profeta Ezequiel en la primera lectura, es capaz de abrir nuestros sepulcros para infundirnos su Espíritu y hacer que vivamos, produciendo en cada uno de nosotros una nueva creación; y que, como dice el apóstol Pablo en la segunda -refiriéndose ya no a una revivificación para volver a morir, sino a la resurrección futura que esperamos quienes creemos como paso de esta vida a la eterna-,  con la misma fuerza que resucitó a Jesús de entre los muertos, vivificará también nuestros cuerpos mortales.-

3. La fe es condición indispensable para “ver la gloria de Dios”

¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Estas palabras de Jesús a Marta son también dirigidas a cada uno de nosotros aquí y ahora. “Ver la gloria de Dios”, en el lenguaje bíblico, es experimentar y reconocer su poder –que es el poder del Amor– presente y actuante en las circunstancias concretas de nuestra vida, un poder que nos abre a la posibilidad de revivir a partir de las situaciones negativas en las que podemos encontrarnos, por oscuro que sea el panorama y por insolubles que nos parezcan los problemas.

Esta experiencia del poder vivificante de Dios, que es Amor, no es posible sin una verdadera actitud de fe. La necesitamos siempre, pero de manera especial en los momentos en que las sombras del dolor y de la muerte amenazan con sumirnos en el pesimismo y la desesperanza. Al aproximarnos ahora a la celebración anual solemne de la pasión, muerte y resurrección de Jesús –de  su misterio pascual–, pidámosle que reavive en nosotros el don de la fe, para que podamos experimentar en nosotros la presencia y la acción renovadora de su Espíritu, “Señor y dador de vida”, como dice una de las fórmulas del Credo de la Iglesia Católica.-

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