XVII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo B – Julio 26 de 2015


Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

El mensaje del domingo

Pasó Jesús a la otra orilla del lago de Galilea. Y mucha gente lo seguía, porque habían presenciado las maravillas que hacía en favor de los enfermos. Pero Jesús se retiró a la parte montañosa y se sentó allá con sus discípulos. Estaba cerca la fiesta judía de la Pascua. Alzando la vista y viendo el gentío que había venido, le dijo a Felipe: “¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?” Esto lo dijo para ver qué respondía, pues bien sabía Jesús lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Aunque gastáramos doscientos jornales, no alcanzaría para darle un mendrugo de pan a cada uno”. Uno de los discípulos de Jesús, Andrés, el hermano de Simón, le dijo: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. ¿Pero qué es esto para tanta gente?”.

Jesús les dijo: “Hagan que la gente se siente en el suelo”. En ese sitio había mucha hierba. La gente se sentó en el suelo. Solamente los hombres eran como cinco mil. Jesús tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron. Y cuando quedaron satisfechos, dijo a sus discípulos: “recojan las sobras; que no se desperdicie nada”. Ellos las recogieron y llenaron doce canastos con las sobras que quedaron de los cinco panes de cebada. Y los que fueron testigos del milagro decían: “¡Este sí es el profeta que debía venir al mundo!” Pero Jesús, dándose cuenta de que iban a llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró otra vez Él solo a la montaña. (Juan 6, 1-15).

Todos los Evangelios narran el milagro de la multiplicación de los panes y peces: dos veces los de Mateo, Marcos y Lucas, y una vez el de Juan. Apliquemos este relato a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas de hoy [2 Reyes 4, 42-44; Salmo 145 (144); Efesios 4, 1-6.]

1.-“¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?”

Esta pregunta de Jesús podemos considerarla hoy como hecha a cada uno de nosotros. Según las estadísticas realizadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), se estima que unos 800 millones de personas en el mundo sufren de hambre y desnutrición. Si los habitantes del planeta somos hoy alrededor de 7.310 millones, esto quiere decir que aproximadamente 11 de cada 100 seres humanos se encuentran en esta grave situación. La desnutrición y las enfermedades relacionadas con el hambre son la causa del 60 por ciento de las muertes. Según el “Proyecto Hambre” de las Naciones Unidas, unas 24.000 personas mueren cada día por causa del hambre, siendo el 75% de ellas niños y niñas menores de 5 años. La mayoría de las muertes por hambre se deben a desnutrición crónica. Las familias sencillamente no consiguen suficientes alimentos. Esto, a su vez, se debe a la extrema pobreza. Y si bien se han venido haciendo esfuerzos que han logrado reducir la magnitud del problema, aún falta mucho para remediar la tragedia del hambre en el mundo.

Ante esta situación, el mensaje del Evangelio es un llamado a compartir. Mientras pocos que tienen mucho sigan despilfarrando en forma egoísta lo que tienen, mientras el mal uso que se hace de los recursos naturales –como nos lo ha dicho el Papa Francisco en su reciente Encíclica Laudato Si’ sobre “El cuidado de la casa común”– siga haciendo que tales recursos sean cada vez más escasos -como el agua, por ejemplo-, mientras no tomemos todos conciencia de que cada cual es responsable para bien o para mal de la suerte de la humanidad según esté dispuesto o no a contribuir al cuidado de la naturaleza y a compartir constructivamente la mesa de la creación con los demás, la pregunta de Jesús seguirá siendo un llamado a la reflexión de todos para ver qué y cómo respondemos.

2.-Tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron

El milagro de la multiplicación de los panes y peces expresa el cumplimiento de las promesas anunciadas por Dios a través de sus profetas: la abundancia de un alimento renovador que Él mismo haría posible para todos los que acogieran su mensaje y lo invocaran sinceramente. Tal es el sentido de la primera lectura y el salmo de este domingo. En este mismo sentido, la multiplicación de los panes y peces es una prefiguración del sacramento de la Eucaristía, signo visible de la presencia de Jesús que nos alimenta con el pan de su propia vida entregada y resucitada. Él iba a ser representado desde los comienzos de la historia de su Iglesia, no sólo con la imagen del pan, sino también con la del pez, “ictus” en griego, cuyas letras son las iniciales del nombre y de varios títulos de Jesús: Iesous, Christos, Theos, Uios, Soter (Jesús, Cristo, Dios, Hijo, Salvador).

La enseñanza de este milagro es que donde existe voluntad de compartir, aunque haya poco alcanza para todos y hasta sobra; en cambio, donde no existe esa voluntad, aunque haya mucho, unos pocos lo acaparan todo y las mayorías padecen hambre. El sacramento de la Eucaristía, llevado a la práctica, expresa la voluntad de compartir entre todos la creación, significada en las ofrendas de pan y vino, para que así se realice entre nosotros la presencia de Dios, que es Amor, que se nos revela en Jesucristo y nos alimenta con su propia vida.

3. Dándose cuenta de que iban a llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró…

Jesús había iniciado su predicación proclamando la cercanía del reino de Dios. Sus milagros mostraban la verdad de esta proclamación: como dice el Evangelio, mucha gente lo seguía, porque habían presenciado las maravillas que hacía. Ahora, después de la multiplicación de los panes y peces, quieren hacerlo rey, pero Jesús se opone a la tentación de ambicionar poderes terrenales. Él no sólo es el profeta que debía venir al mundo; es el Mesías, el ungido por Dios como descendiente del rey David para reinar no sólo sobre Israel sino sobre toda la humanidad, tal como lo anunciaron los profetas del Antiguo Testamento. Sí, soy Rey, le diría a Poncio Pilato pocos momentos antes de que la multitud agolpada junto al despacho del gobernador romano, azuzada por sus máximos jefes religiosos, gritara exigiendo su crucifixión. Pero, como Él mismo le explicó a Pilato, también les dice a quienes pretenden confundirlo con un líder político: Mi reino no es de este mundo (Juan 18, 36-37).

La preocupación efectiva de Jesús por contribuir a la solución de los problemas humanos, no sólo los espirituales sino también los materiales, es un llamado a todos nosotros para que nos identifiquemos con Él y procuremos contribuir, cada cual según sus posibilidades, a resolver la situación de hambre y de miseria de tantas personas que la padecen. Y asimismo, a que reconozcamos el verdadero sentido de su misión y por lo mismo el de la misión de la Iglesia que Él fundó, no para ambicionar los poderes terrenales, sino para comportarse en todo con humildad y mansedumbre, como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura de hoy: una Iglesia puesta al servicio de todos los seres humanos, especialmente de los más oprimidos, marginados y necesitados; una Iglesia no dominadora sino servidora, a imagen y semejanza del mismo Jesús.

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