XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C
Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                             

nov24En aquel tiempo, cuando Jesús acababa de ser crucificado en el lugar llamado de la Calavera o Calvario, la gente estaba allí mirando; y hasta las autoridades se burlaban de él, diciendo: -Salvó a otros; que se salve a sí mismo ahora, si de veras es el Mesías de Dios y su escogido. Los soldados también se burlaban de Jesús. Se acercaban y le daban a beber vino agrio, diciéndole: -¡Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo! Y había un letrero sobre su cabeza, que decía: “Este es el Rey de los judíos.” Uno de los criminales que estaban colgados, lo insultaba: -¡Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y sálvanos también a nosotros!

Pero el otro reprendió a su compañero, diciéndole: -¿No tienes temor de Dios, tú que estás bajo el mismo castigo? Nosotros estamos sufriendo con toda razón, porque estamos pagando el justo castigo de lo que hemos hecho; pero este hombre no hizo nada malo. Luego añadió: -Jesús, acuérdate de mí cuando comiences a reinar. Jesús le contestó: -Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso. (Lucas 23, 35-43).


La Iglesia celebra hoy la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, instituida en 1925 por el papa Pío XI y programada después del Concilio Vaticano II (1962-1965) para el último domingo del año litúrgico, antes de comenzar el tiempo del Adviento en el que nos preparamos para la Navidad. Reflexionemos sobre el significado de este título con el que reconocemos a Jesús, a la luz del texto anteriormente leído del Evangelio según san Lucas, y teniendo en cuenta las demás lecturas bíblicas de este domingo: 2 Samuel 5, 1-3; Salmo 122 (121), 1-2. 4-5; Colosenses 1, 12-20.

1.El reino de Cristo no es un reino de este mundo

En los primeros siglos del cristianismo el arte religioso representó en murales y mosaicos la majestad del “Christos Pantocrator” (Cristo Todopoderoso). Son imágenes muy bellas que hacen alusión al Señor resucitado. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos presenta a Jesús no sentado en un trono, sino clavado en una cruz entre dos malhechores. Y es precisamente a este mismo Jesús crucificado a quien reconocemos como Señor  Rey del universo.

A medida que se han venido desarrollando las democracias modernas, ha desaparecido la realeza o se mantiene sólo como símbolo de identidad nacional. Y aunque en la historia ha habido monarcas justos, muchos han sido tiranos. Hoy, aun en países llamados democráticos, existen también gobernantes que pretenden ser amos absolutos y se han convertido en dictadores y déspotas. El reino de Cristo se opone a esta concepción del poder propia de los imperios de este mundo. Quienes creemos en Cristo reconocemos que su reino tiene como fundamento no el poder que domina a base de  fuerza y terror, sino el amor de Dios que asumió nuestra condición humana en la persona de Jesús, quien siendo inocente de toda culpa derramó hasta la última gota de su sangre por haber proclamado su solidaridad con las víctimas de los poderes opresores, con los marginados y excluidos por la injusticia social, que es la primera de todas las violencias.

2.En Cristo crucificado recocemos al Mesías anunciado por los profetas

La unción de David como rey de Israel en el siglo X antes de Cristo, evocada en la primera lectura (2 Samuel 5, 1-3), significó en su momento la esperanza del paso de la tiranía del rey Saúl a un reino de justicia y de paz. Sin embargo, tanto David como su hijo Salomón, en los momentos negativos de sus gobiernos, y casi todos los reyes posteriores, traicionaron esa esperanza al engolosinarse con el poder y convertirse en tiranos. Por eso fue surgiendo la promesa de un futuro Mesías, palabra de origen hebreo que significa lo mismo que el término griego Cristos, que quiere decir ungido, y como tal consagrado por Dios para la misión de regir a su pueblo.

Los profetas bíblicos del Antiguo Testamento anunciaron a un Mesías que sería consagrado no con la unción material de aceite de oliva en su cabeza, sino con la del Espíritu Santo, para instaurar el reino de Dios. Nosotros reconocemos a Jesús de Nazaret como ese Mesías en quien se cumplen las profecías, y por eso lo llamamos Cristo y proclamamos su realeza universal, no como un reinado político y pasajero, sino como el reino espiritual y eterno de Dios en persona. Este es el contenido central de la buena noticia que él nos comunica desde el inicio de su predicación, cuando dice que “el reino de Dios está cerca”: el reino del amor, la justicia y la paz.

A este Mesías, a este Cristo, a este ungido y consagrado por Dios para establecer y hacer efectivo su reino, el Evangelio nos lo presenta hoy crucificado. Para los asesinos de Jesús fue una burla la inscripción puesta sobre la cruz en hebreo, griego y latín, que posteriormente sería evocada en los crucifijos con las iniciales latinas INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum: Jesús Nazareno Rey de los Judíos). Pero para quienes creemos en Él como el Salvador de la humanidad, resucitado a una vida nueva y eterna, su título de Rey significa que lo reconocemos como Señor, no sólo de un pueblo particular, sino de toda la humanidad y de todo el universo.   

3.Dios Padre “nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido”

San Pablo en la 2ª lectura (Carta a los Colosenses 1, 12-20) expresa su agradecimiento a Dios Padre por habernos trasladado del dominio de las tinieblas al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención. Esta acción salvadora de Dios implica de nuestra parte una respuesta comprometida a la invitación que Él mismo nos hace a ser partícipes de su reino que es el reino de Cristo mismo.

En primer lugar, reconociendo humildemente nuestra necesidad de ser liberados por Él, como el ladrón arrepentido. En segundo lugar,  procurando vivir todos unidos en esta comunidad de fe que llamamos la Iglesia, que, como dice San Pablo, es el cuerpo místico de Cristo. Finalmente, poniendo en práctica lo que decimos en el Padrenuestro: venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Es decir, disponiéndonos a abrirle espacio en nuestra existencia para que Él reine en nuestra vida, lo cual implica situarnos en la onda de su voluntad, que es precisamente el reinado del amor, la justicia y la paz.-

 

 

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