Homilía para la Misa de Navidad

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                             

dic25Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo de todo el mundo. Este primer censo fue hecho siendo Quirino gobernador de Siria. Todos tenían que ir a inscribirse a su propio pueblo. Por esto, José salió del pueblo de Nazaret, de la región de Galilea, y se fue a Belén, en Judea, donde había nacido el rey David, porque José era descendiente de David. Fue allá a inscribirse, junto con María, su esposa, que se encontraba encinta.

Y sucedió que mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz. Y allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en el establo, porque no había alojamiento para ellos en el mesón. Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor brilló alrededor de ellos; y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: “No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontrarán ustedes al niño envuelto en pañales y acostado en un establo.” En aquel momento aparecieron, junto al ángel, muchos otros ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor!” (Lucas 2, 1-14).

En el Misal Romano la liturgia propone para esta fiesta cuatro misas, cada una con sus propias  lecturas: para el 24 de diciembre la Vespertina de la Vigilia, y para el 25 la de Medianoche, la de la Aurora y la del Día. En mi siguiente reflexión me referiré sólo a las lecturas señaladas para la de Medianoche, que puede celebrarse también desde el 24 en la tarde.

Los textos bíblicos de Isaías en la primera lectura (Isaías 9, 1-3.5-6), del apóstol san Pablo en la segunda (Carta a Tito 2, 11-14) y del Evangelio según san Lucas (2,1-14), emplean la imagen de la luz que disipa las sombras para expresar el reconocimiento del niño Jesús nacido en una humilde pesebrera como el Salvador prometido por Dios, y nos invitan a disponernos con nuestra conducta para su venida gloriosa al final de los tiempos, es decir, para cuando nos encontremos definitivamente con Él en la eternidad.

1. La relación de la fiesta de la Navidad con el símbolo de la luz

La Biblia no señala la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo. Durante los primeros tres siglos de la era cristiana, la Iglesia no dedicó un tiempo especial a la Navidad. Sólo desde el siglo IV, cuando el cristianismo fue establecido como religión oficial con la conversión del emperador Constantino, se empezó a celebrar una liturgia especial la noche del 24 y durante el día 25 del último mes del año para proclamar al niño Jesús nacido como la Luz del mundo, en lugar de la fiesta pagana que se dedicaba al “nacimiento del sol invicto” con motivo del solsticio de invierno. Este es el sentido que desde nuestra fe le damos los cristianos al anuncio profético del llamado “tercer Isaías”: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló”. Lo que este profeta proclamaba refiriéndose al regreso de los israelitas de su destierro en Babilonia en el año 538 antes de Cristo, nosotros lo aplicamos a la manifestación visible de Dios hecho hombre como nuestro Salvador, iniciada con el acontecimiento de la Navidad hace poco más de dos mil años, que hace posible la justicia y la paz en la medida en que acojamos su “buena noticia”.

2. “Y esta es la señal: … un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”

La “buena noticia” -que es lo que precisamente significa la palabra “evangelio”- es precisamente el nacimiento de Jesús. Se trata de una noticia gozosa -“les anuncio una gran alegría”-, que no sólo se expresa ante todo con una alabanza a Dios, sino que implica además una bendición para todos los seres humanos que la reciban con fe, y cobra por ello un significado especial el himno litúrgico del inicio de la celebración eucarística, que resuena con  gozo en la noche de la Navidad: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”.

Hay además en el relato evangélico de Lucas un detalle muy significativo: la “señal” por la cual puede verificarse la realización de esa buena noticia es un niño envuelto en pañales y acostado en un establo, en un pesebre. En otras palabras: al Dios que ha venido a salvarnos no hay que buscarlo en las alturas inaccesibles -no obstante la exclamación “Gloria a Dios en el cielo”-, sino en la realidad cercana de lo humano, porque Él mismo ha asumido nuestra propia naturaleza para redimirla. Y no se le encuentra en medio del lujo y la fastuosidad de los palacios, sino en la pobreza, humildad y sencillez de una pesebrera.

3. “Una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos”

Pero la celebración de la Navidad no debe quedarse para nosotros en una mera contemplación. Debe llevarnos también al compromiso de una existencia vivida de acuerdo con el plan salvador de Dios, que precisamente implica una conducta coherente con nuestra fe en Él. Esto es lo que nos dice San Pablo en la segunda lectura, tomada de su carta a Tito, uno de sus colaboradores en la proclamación de la buena noticia de la salvación “para todos los hombres”.

Si nos unimos para dar gloria a Dios en el cielo y desear la paz para toda la humanidad, llevemos esta manifestación a la práctica a través de nuestras “buenas obras”. Sólo así seremos ese “pueblo purificado” y nos dispondremos para la “aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo”. Es decir, para nuestro encuentro definitivo con él en la eternidad. Que así sea.-

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