EL MENSAJE DEL DOMINGO

VII Domingo del Tiempo Ordinario

Gabriel Jaime Pérez, S.J.
Ciclo A – Febrero 23 de 2014
 
 

febrero 23En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente” Pero yo les digo: No resistas al que te haga algún mal; al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te demanda y te quiere quitar la camisa, déjale que se lleve también tu capa. Si te obligan a llevar carga una milla, llévala dos. A cualquiera que te pida algo, dáselo; y no le vuelvas la espalda al que te pida prestado.

También han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.” Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen.Así ustedes serán hijos de su Padre que está en el cielo; pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio recibirán? Hasta los que cobran impuestos para Roma se portan así. Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los paganos se portan así. Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto (Mateo 5, 38-48).

En esta continuación del Sermón de la Montaña Jesús nos hace la invitación a perdonar, repitiendo el estribillo Ustedes han oído… Yo les digo... Reflexionemos sobre el sentido de esta invitación, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de este domingo (Levítico 19, 1-2.7-8; Salmo 103 [102]; 1ª Corintios 13,16-23).

1.- Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”…

La frase ojo por ojo, diente por diente expresaba la llamada Ley del Talión. El término talión proviene de talis, que en latín significa igual o semejante, y establecía un principio de proporcionalidad: a tal ofensa le corresponde tal reacción o castigo equivalente. De ahí el concepto de la retaliación. La Ley del Talión, enunciada en el Código de Hammurabi, legislador caldeo y sexto rey de Babilonia, fallecido en el año 1750 AC, constituyó una limitación a la venganza desmesurada.

Varios libros del Antiguo Testamento hacen referencia a la ley del Talión, como el Éxodo (21, 23-25: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe), el Levítico (24, 17-20: El que le quite la vida a otra persona, será condenado a muerte. El que mate una cabeza de ganado, tendrá que reponerla: animal por animal. El que cause daño a alguno de su pueblo, tendrá que sufrir el mismo daño que hizo: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; tendrá que sufrir en carne propia el mismo daño que haya causado), y el Deuteronomio (19,21: cobren vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie).

Pero Jesús va más allá al proponer un comportamiento que supere toda forma de venganza para terminar con la espiral de la violencia, que va creciendo a medida que se devuelve mal por mal y sólo puede parar mediante un comportamiento que se identifique con el del mismo Dios, de quien dice el Salmo responsorial: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas [Salmo 103 (102), 8-10].

2.-  También han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”…

En la tradición judaica, los prójimos eran las personas cercanas o próximas, las de la misma raza o nacionalidad. Así la frase amarás a tu prójimo como a ti mismo, que encontramos en la primera lectura, se limitaba a los lazos nacionales. Los extranjeros eran excluidos de ese amor. Y aunque en los libros de la Ley o “Torah” de la Biblia a no estaba escrito formalmente como una norma odiar al enemigo, sin embargo en el Salmo 109 [108] el perseguido maldice a quien lo persigue  y le desea toda suerte de males.

Por eso la interpretación de la Biblia implica tener en cuenta una evolución en la forma de entender el amor al “prójimo”, y es con la predicación y el ejemplo de Jesús cuando este entendimiento llega a su plenitud: los “prójimos” son todos los seres humanos, sin distinciones ni exclusiones. Y esto lo dice Jesús no sólo en su predicación sino también  acercándose a todas las personas sin discriminaciones, mostrando su compasión por los pecadores y pidiendo perdón a su Padre por quienes lo han torturado y clavado en la cruz.

 3.-  Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto 

En la primera lectura Dios exhorta a la santidad: Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo. Él, en efecto, como lo dice el libro del Génesis en el primer relato de la creación, nos ha creado a su imagen y quiere que participemos de su vida divina.

El Concilio Vaticano II, celebrado (1962-1965), dice en su Constitución sobre la Iglesia: Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado (…), son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre (LG 11, c). (…) El Divino Maestro y modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida (…): “Sean pues ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto” (LG 40, a).

Pero ¿en qué consiste la verdadera santidad? En el Evangelio de Lucas (6, 36) Jesús culmina su predicación diciendo: sean pues ustedes misericordiosos como Dios es misericordioso. He ahí la clave para entender a qué tipo de perfección invita Jesús: a la perfección de Dios, que se muestra precisamente en la misericordia. Esta invitación se opone a los criterios de una falsa sabiduría, que incluye el arte de saberse vengar del enemigo. Por eso san Pablo dice en la segunda lectura que la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios

Pidámosle entonces al Señor que nos disponga a identificarnos cada día más y mejor con Él, que con el ejemplo de su propia vida nos reveló al Dios infinitamente compasivo y misericordioso, de modo que así seamos también nosotros, llevando a la práctica lo que decimos en la oración que Él mismo nos enseñó: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden.-

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