Sentido lo que hacemos (2)

Hoy celebramos la fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús e inspirador de toda nuestra propuesta educativa. Con mucho gozo nos reunimos como comunidad educativa para dar gracias a Dios por su legado, al mismo tiempo que le pedimos nos regale su generosidad en estos tiempos no menos apremiantes que los suyos. Si algo caracterizó a este español del siglo XVI fue su férrea voluntad de “afectarse mucho” en todo lo que emprendía, que podemos traducir en nuestras palabras, como “dar todo de sí”, sin temor a morir en el intento.

Luego de una vida de destacado cortesano y militar, Ignacio por una herida de batalla, conoce a Dios, y se opera en su interior lo que él llama “una mudanza en el ánima”, es decir, un cambio radical en el alma y el modo como concebía su vida y su relación con Dios. Poco a poco irá afinando, al paso de los años y de muchas experiencias, el “para qué” de este cambio y el “hacia dónde” de la voluntad de Dios en su vida. Por eso la vida de Ignacio y con ella la fundación de la Compañía de Jesús es fruto de la búsqueda de la voluntad de Dios, del discernimiento de un hombre que logro contagiar a otros, de un fuego que encendió otros fuegos; un hombre que nunca se quedó quieto ni anclado en su comodidad sino que siempre quería salir al encuentro de Dios, quería “ser peregrino”. Aún en su celda en Roma, ya como Superior General de la naciente Compañía, Ignacio miraba las estrellas de la noche y pensaba en sus compañeros que estaban lejos y en Dios que les había regalado tantas gracias, siendo él “pobre en bondad”, como escribía en sus cartas a puño y letra antes de firmarlas. Ignacio fue un hombre que hizo de su vida un gran libro donde Dios podía escribir a su antojo sus designios y logró un corazón donde cabía todo el mundo.

Hoy también nosotros nos inspiramos en su vida, tal como lo hicieron San Francisco Javier, San Pedro Claver, San Luis Gonzaga, San Alberto Hurtado y tantos otros santos y santas que, como Ignacio, un día se pusieron ante la cruz preguntándose: ¿qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué puedo hacer por Cristo? Que Dios nos ayude a hacernos también esa pregunta y a responder con esa misma y total generosidad que les movió a unir sus pasos al peregrino de Loyola para “en todo amar y servir.”