Domingo XXIX del Tiempo OrdinarioCiclo C
Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.
       

22 octEn aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: – «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban las personas. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan las personas, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”».

Y el Señor añadió: – «Fíjense en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lucas 18, 1-8).

La parábola que nos propone Jesús en el Evangelio de hoy (Lucas 18, 1-8) contiene varios elementos significativos. Reflexionemos sobre ellos, teniendo en cuenta también las demás lecturas de la liturgia eucarística de este domingo: Éxodo 17, 8-13; Salmo 121 (120); 2 Timoteo 3, 14 – 4,2.

1. El clamor de los pobres y oprimidos exige nuestra acción solidaria

Cuando Jesús dice que, si el juez injusto atiende la petición de la viuda para quitarse de encima su insistencia, con mayor razón Dios Padre “hará justicia a sus elegidos que claman día y noche”, está evocando la imagen del abogado defensor -en hebreo goel-, que los profetas bíblicos habían empleado para referirse a Dios como protector compasivo de las víctimas de la injusticia.

La petición de la viuda –“hazme justicia frente a mi adversario”-, es el clamor que hoy elevan millones de personas privadas del reconocimiento de su dignidad y sus derechos. Es un clamor ante el cual Dios parece hacerse el sordo, tanto en la antigüedad como en los tiempos actuales. Ante esta aparente indiferencia de Dios, a quien en el Credo llamamos “todopoderoso”, la tentación es echarle la culpa a Él y dudar de su poder. Pero la inequidad de un sistema social en el que unos pocos acumulan riquezas explotando a los demás y dejándolos en la miseria, es una realidad que Dios no quiere, que se opone a su voluntad.

En otras palabras: Dios no es el culpable de la pobreza que aflige a tantos hombres y mujeres; somos los seres humanos quienes a lo largo de la historia hemos venido estableciendo y manteniendo estructuras de injusticia social, que constituyen la primera de todas las formas de la violencia.

En medio de esta situación, el Evangelio nos exige a todos una acción decidida para contribuir, en cuanto podamos, al establecimiento de condiciones que hagan posible la justicia social para todos.

2. La fe verdadera implica orar y actuar sin desanimarnos

Jesús propuso la parábola del juez y la viuda “para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”. Esto se relaciona directamente con la pregunta final: “cuando venga el Hijo de Hombre, ¿encontrará todavía fe en la tierra?” La fe verdadera implica no dejarnos vencer por el pesimismo, sino seguir orando y actuando sin desesperarnos. Orando y actuando, porque el sentido auténtico de la oración no es el de un conjuro mágico que resolverá nuestros problemas sin esfuerzo de nuestra parte, sino el de una disposición constante a buscar activamente las soluciones.

La unión de oración y acción que implica la fe en Dios, aparece representada en la primera lectura (Éxodo 17, 8-13). Mientras Moisés se mantiene orando con las manos en alto, los israelitas ganan la batalla. Hoy podemos aplicar esta imagen a las personas entregadas a Dios en la vida llamada “contemplativa”, quienes oran para que la acción apostólica de muchas otras logre el fruto esperado. La energía orante hace posible la acción eficaz también cuando nosotros unimos la oración al empeño activo, sin desanimarnos ante la aparente inutilidad de nuestros clamores y esfuerzos. Esto supone una disposición de fe confiada en Dios, que está con nosotros aunque a veces parezca ocultarse. Porque, como dice el Salmo, “el auxilio me viene del Señor.

Tenemos muchos ejemplos de personas que se han destacado por su oración: el propio Jesús, que se retiraba diariamente a conversar con Dios Padre, como nos lo muestran los Evangelios; María, su santísima madre, de quien el libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que permanecía en oración junto con los discípulos de Jesús antes del acontecimiento de Pentecostés; y muchas otras personas, santas y santos -conocidos o no- que dieron testimonio de oración constante.

3. La Palabra de Dios nos da sabiduría para orar y actuar con fe y esperanza

En la segunda lectura (2 Timoteo 3, 14 – 4,2), el apóstol San Pablo le dice a su discípulo Timoteo: “la Sagrada Escritura (…) puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación”. Efectivamente, en ella encontramos la invitación a orar y actuar sin desfallecer, con una fe inquebrantable en Dios, a quien Jesús nos enseñó a dirigirnos llamándolo Padre nuestro y confiando en que el Paráclito -término que en el griego del Nuevo Testamento significa abogado defensor y se aplica al Espíritu Santo- hará posible la realización de nuestras peticiones según lo que más nos convenga para nuestra felicidad eterna.

Al celebrar la Eucaristía, acción de gracias a Dios por el don maravilloso de su Hijo Jesucristo, la Palabra de Dios encarnada, que murió en la cruz y resucitó para darnos una vida nueva, por su mediación redentora pidámosle a Dios Padre que nos dé la energía del Espíritu Santo. Ella nos hace posible el optimismo aun en medio de las situaciones difíciles de nuestra vida, y nunca perder la esperanza en un futuro mejor, uniendo constantemente la acción decidida a la oración confiada en el amor de Dios.-

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