XXXI Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B 

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                                                                                                

Estando ya Jesús en Jerusalén, se le acercó un escriba y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús respondió: “El primero es: ‘Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; por eso amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y todas tus fuerzas’. Y hay un segundo mandamiento, que es éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Por encima de éstos no hay ningún otro mandamiento”.

El escriba le dijo: “Muy bien, Maestro, tienes razón en decir que el Señor es único y no hay otro fuera de Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viéndolo hablar tan sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.  (Marcos 12, 28b-34).

Le escena que nos trae hoy el Evangelio se sitúa en el contexto de la controversia de Jesús con los escribas o doctores de la Ley que se reunían junto al Templo de Jerusalén, pocos días antes de su pasión y muerte en la cruz. Meditemos en el sentido del diálogo que acabamos de escuchar, teniendo en cuenta también las otras lecturas de este domingo. [Deuteronomio 6, 2-6; Salmo 18 (17); Hebreos 7, 23-28].

1.- “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”

En su Encíclica titulada Dios es Amor  (25 de diciembre de 2005) el Papa Benedicto XVI planteaba dos preguntas “¿Es realmente posible amar a Dios aunque no se le vea? Y, por otro lado: ¿Se puede mandar el amor?”. Y decía al respecto: “En estas preguntas se manifiestan dos objeciones contra el doble mandamiento del amor -a Dios y al prójimo-. Si nadie ha visto a Dios jamás, ¿cómo podremos amarlo? Y además, el amor no se puede mandar; a fin de cuentas es un sentimiento que puede tenerse o no, pero que no puede ser creado por la voluntad”.

Con respecto a lo primero, nos recuerda el Papa una reflexión de la 1ª Carta de Juan: Si alguno dice ‘amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve (1 Juan 4, 20).  Esto  significa, por una parte, que el amor a Dios como nuestro Creador conlleva la exigencia de amar a todas sus criaturas, especialmente a los seres humanos; y, por otra, que el mismo Dios revelado en Jesús, Dios hecho hombre, se nos manifiesta en nuestros prójimos necesitados: todo cuanto hicieron o dejaron de hacer con ellos, lo hicieron o lo dejaron de hacer conmigo, dirá el Señor en el juicio final (Mateo 25, 31-46).

En segundo lugar, con respecto a la pregunta de si el amor se puede mandar, responde el Papa: “El amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor”. El amor en su sentido pleno, agrega, es “querer lo mismo y rechazar lo mismo (…): hacerse uno semejante al otro, lo cual lleva a un pensar y desear común. La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad…”. Así pues, amar a Dios es reconocer con gratitud que Él es mi Creador y por lo mismo disponerme a hacer su voluntad, es decir, orientar mi vida en el sentido de su plan creador, liberador y renovador de toda la humanidad, empezando por el amor solidario a los excluidos y desposeídos. El amor a Dios y al prójimo es, por tanto, no una carga que hay que soportar, sino la consecuencia de sentirme amado por mi Creador, quien también ama a todos sus hijos e hijas, que como tales son mis hermanos y hermanas.

2.- “Amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”

Jesús responde a la pregunta del doctor de la ley no sólo con la fórmula del Deuteronomio (amarás al Señor, tu Dios…), sino citando además lo escrito en otro libro del Antiguo Testamento: ama a tu prójimo como a ti mismo (Levítico 19, 18), que es una forma de expresar la llamada regla de oro del comportamiento humano. Jesús la enunció también no sólo en el modo negativo de no hacer el mal, como lo había hecho el también antiguo libro de Tobías –Lo que no quieres que te hagan, no se lo hagas a los demás (Tobías 4, 15)-, sino en el positivo de hacer el bien: Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes, para concluir: porque en esto se resumen la Ley y los Profetas (Mateo 7,12).

Jesús es el modelo del amor a Dios y al prójimo. Por eso es el mediador por excelencia entre Dios y los seres humanos, tal como nos lo presenta la segunda lectura: Él se ofreció a sí mismo, y esta entrega de sí a su Padre en favor de toda la humanidad fue infinitamente más valiosa que todos los holocaustos y sacrificios que ofrecían los antiguos sacerdotes del Templo de Jerusalén. Por eso también el mandamiento nuevo que les daría en la última cena a sus discípulos iba a ser el de amar cada cual a su prójimo ya no sólo “como a sí mismo”, sino “como yo los he amado”: hasta la entrega total de su vida (Juan 13, 34).

3.-  “No estás lejos del Reino de Dios”

En esta última frase dicha por Jesús al doctor de la ley podemos descubrir una invitación a realizar en la práctica lo expresado de palabra. Esta invitación es también para cada uno de nosotros.

No basta con reconocer conceptualmente que el amor a Dios y al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios, es preciso que nos dispongamos a vivir a fondo lo que esto significa.

No es suficiente rezar repitiendo el Salmo 18: “Yo te amo, Señor…”; es preciso llevar ese amor a la práctica, para que el Señor no sólo nos diga “no estás lejos del Reino de Dios”, sino que Dios mismo reine plenamente en nosotros.-

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