XXVI Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                  

sep29En aquel tiempo dijo Jesús eta parábola: – «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos vio de lejos a Abraham  y a Lázaro en su seno, y gritó:“Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abraham le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y ustedes se abre un abismo inmenso para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia ustedes, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abraham le dijo: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”»(Lucas 16, 19-31).

1. El drama del pobre ante la indiferencia del rico

El sufrimiento de los pobres ante la indiferencia de los ricos es un tema recurrente en la Biblia. El profeta Amós, por ejemplo, de cuyo libro está tomada la primera lectura (Amós 6, 1a.4-7), critica “la orgía de los disolutos”, insensibles ante la realidad de los marginados y excluidos, y Evangelio nos presenta el relato conocido como la Parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lucas 16. 19-31).

El nombre Epulón es sinónimo de banqueteador. Y Lázaro es un nombre  proveniente del hebreo El’azar, que significa “Dios ayuda”. En la parábola, mientras el destino final del rico Epulón es un estado de sufrimiento por no haberle importado la suerte del pobre Lázaro, éste después de su muerte disfruta de una vida feliz en “el seno de Abraham”, figura simbólica que corresponde a un estado de paz. Estas descripciones corresponden a lo que suele llamarse respectivamente el infierno y el cielo, que no son lugares físicos, sino estados espirituales en una dimensión diferente de las del espacio y el tiempo.

2. La pobreza de muchos no es culpa de Dios, sino del egoísmo humano

Jesús en la parábola no dice que el rico estuviera maltratando al pobre. Pero coexistía con él sin importarle su miseria. Por eso el destino final del “Epulón” es el “infierno”, es decir, el estado de sufrimiento perpetuo de quien ha optado por encerrarse en su egoísmo en lugar de abrirse activamente al Amor (es decir, a Dios, que es Amor).

A primera vista, la parábola parecería corroborar la mentalidad de quienes predican la resignación conformista de los pobres porque en el “más allá” recibirán el alivio de su miseria. No es éste el sentido del Evangelio. El mensaje de Jesús, no sólo con su predicación sino también con su ejemplo, consiste, por el contrario, en un llamado a la compasión efectiva, solidarizándonos con quienes padecen la pobreza para contribuir a que salgan durante su vida terrena de esa situación, que no proviene de Dios, sino de la injusticia social que a lo largo de la historia humana ha ido haciendo que unos pocos acumulen cada vez más riquezas a costa de un número cada vez mayor de desposeídos, marginados y excluidos.

3. ¿Qué hemos hecho, qué estamos haciendo, qué debemos hacer?

Los índices estadísticos de la pobreza en el mundo son un llamado a nuestra reflexión:

  • 2.800 millones de personas -cerca de la mitad de la población mundial- tratan de sobrevivir con menos de 2 dólares al día.
  • Cada día 30.000 niños menores de 5 años mueren por enfermedades que  podrían ser evitadas.
  • 24.000 personas mueren al día por hambre.
  • 840 millones de personas están mal nutridas.
  • Más de 1.000 millones no tienen acceso a agua potable y carecen de una vivienda digna.
  • 880 millones de personas no tienen acceso a servicios básicos de salud.
  • Más de 2.000 millones de personas carecen de acceso a medicamentos esenciales.

Ante esta realidad, ¿qué hemos hecho, qué estamos haciendo y qué debemos hacer para contribuir a transformar esta situación? ¿Vivimos indiferentes, o nos duele la miseria que vemos a nuestro alrededor? ¿Nos contentamos con “no hacerle mal a nadie”, o vamos más allá, saliendo de la indiferencia insensible y contribuyendo a la instauración de una sociedad más justa en la que todos sin exclusiones, empezando por los más pobres, vean realizado su derecho a una vida digna como personas, como hijos de Dios?A la luz de estos interrogantes cobra todo su sentido la exhortación del apóstol Pablo en la segunda lectura (1 Timoteo 6, 11-16): practica la justicia, la piedad (…), el amor”. En la mentalidad bíblica, la justicia es no sólo la equidad en las relaciones sociales en cuanto reconocimiento eficaz de la dignidad y los derechos de todo ser humano, sino ante todo la opción preferencial por los más pobres, para que sean ellos los primeros en ser atendidos; la piedad es no sólo la relación de unión con Dios mediante la oración y los ritos religiosos, sino ante todo la actitud práctica de compasión de quien siente como suyo propio el sufrimiento de los demás -y esto es precisamente lo que significa la palabra com-pasión, no la lástima sino la actitud de compartir el dolor con el que sufre-; y el amor que nos enseña Jesucristo es no sólo el afecto hacia las personas que nos caen o nos tratan bien, o que nos pueden recompensar, sino ante todo la solidaridad con los desposeídos para buscar con ellos la liberación de su miseria.

Nos reunimos en la Eucaristía alrededor de una misma mesa en la que partimos el pan para compartir como hermanos, hijos del mismo Dios Creador, la presencia y la vida de su Hijo, Jesucristo muerto en la cruz y resucitado. Dispongámonos, movidos por su Espíritu, a realizar en nuestra existencia cotidiana lo que aquí significamos, compartiendo lo que tenemos especialmente con los más necesitados, para que así se manifieste entre nosotros y en nuestra sociedad la presencia de Dios que es Amor.-

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