Domingo II -Tiempo de Cuaresma – Ciclo C

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

 feb24En aquel tiempo Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió con ellos a lo alto de la montaña para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos. De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo”. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto. (Lucas 9, 28 b -36).

1.- Subió con ellos a lo alto de la montaña para orar

El domingo pasado el Evangelio nos presentaba a Jesús solo, orando y venciendo las tentaciones en el desierto de Judea. Hoy lo encontramos con tres de sus discípulos, nuevamente en oración en otro lugar del que no se precisa el nombre, pero que presumiblemente es el monte llamado Tabor, situado en la región de Galilea al norte de Israel, y cuya cima  alcanza los 588  metros sobre el nivel del mar.

La oración, tanto en la soledad del retiro personal como en compañía de otros cuando nos reunimos en comunidad, es necesaria para poder experimentar en nuestra vida la presencia transformadora de Dios. En medio de las situaciones difíciles que tenemos que afrontar, Jesús nos enseña con su ejemplo a buscar espacios de oración en los cuales vivamos el sentido trascendente de nuestra existencia y la acción renovadora de su Espíritu.

2.- Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban   

Antes de este relato de la “Transfiguración”, Jesús les había dicho a sus discípulos que iba a ser condenado a muerte y al tercer día resucitaría (Lucas 9, 22). Así les había anunciado lo que iba a ser su sacrificio redentor, por el cual Él mismo, Dios hecho hombre, llevaría su mensaje de amor misericordioso hasta las últimas consecuencias, es decir, hasta la entrega de la propia vida para la salvación de toda la humanidad.

El anuncio de su pasión y muerte, así como la exhortación a tomar la cruz y estar dispuestos a entregar la vida a imitación suya (Lucas 9, 23), habían causado en sus primeros discípulos un efecto de desaliento. Especialmente en Simón Pedro, quien había manifestado su desacuerdo con aquel anuncio de Jesús, y en Santiago y Juan, quienes tenían la ilusión de ser los preferidos en el futuro reino que su Maestro les había dicho que iba a establecer. Jesús entonces, después de reprender a Simón Pedro -quien primero lo había reconocido como el Mesías e Hijo de Dios pero luego había tratado de disuadirlo de su misión redentora-,  y de amonestar a los otros dos diciéndoles que para seguirlo a Él tenían que imitarlo estando dispuestos, no a ser servidos, sino a servir-  se los lleva a los tres a la montaña.

Según la tradición bíblica, la gloria de Dios solía manifestarse en los lugares altos, como había sucedido en el monte Sinaí -también llamado Horeb-, primero al recibir Moisés la Ley de los diez mandamientos promulgada por Dios, y unos dos siglos después al ser enviado por Dios el profeta Elías para exhortar al pueblo de Israel a la conversión, es decir, a volver a Dios dejando a un lado la idolatría y la injusticia. En esta ocasión, es también en un monte donde Jesús manifiesta su gloria para fortalecer a sus discípulos en la fe, haciéndoles ver en forma luminosa lo que sería el acontecimiento pascual de su resurrección e indicándoles simbólicamente, mediante las figuras de Moisés y Elías, que en Él se cumplirán las promesas del anuncio del Mesías Salvador, contenidas en los textos bíblicos de la Ley y de los Profetas.

3.-  “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo”

También nosotros necesitamos, en medio de la oscuridad y cuando nos sentimos abrumados por el peso de la cruz que a cada cual le corresponde cargar, que el Señor se nos manifieste iluminándonos con su propia luz y dándonos la fuerza que necesitamos para no desfallecer en el camino de la vida. Pero para que esto suceda, es preciso que busquemos espacios y aprovechemos los que se nos ofrecen para disponernos a atender la voz de Dios que nos dice: “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo” (Lucas 9, 36).

En la primera lectura, tomada del libro del Génesis (5, 12.17-18), se cuenta cómo “Abrán” -quien luego sería llamado “Abraham”, nombre que en hebreo significa “padre de multitudes”-, le creyó al Señor, y se le contó en su haber. La historia legendaria de Abraham es la de un hombre de fe que vivió en el siglo 19 antes de Cristo y cuyos descendientes desarrollaron a partir de él las religiones monoteístas, es decir, las que reconocen a un Dios único frente a las creencias politeístas -o en muchos “dioses”- de quienes practicaban la idolatría. Abraham sale de su patria en Ur de Caldea y emprende un camino hacia el futuro que el Señor le promete como un porvenir de bendición. Este porvenir es ofrecido no sólo a Abraham y su descendencia, sino también a todos los seres humanos que crean en el único y verdadero Dios y obren de acuerdo con su voluntad, que es de voluntad de amor, de justicia y de paz. La fe en la promesa de Dios  lo impulsó a confiar en su futuro y en el de quienes vendrían después de él.

El Salmo responsorial [27 (26)], expresa la esperanza que brota de la fe en Dios: “Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”. Y el apóstol san Pablo, en la segunda lectura (Filipenses 3,20; 4,1) nos indica la razón de esta esperanza a la que nos invita la contemplación del misterio de la Transfiguración del Señor: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.

Todos somos llamados por Dios a ponernos en camino hacia un futuro de felicidad, y ese llamado se actualiza cuando escuchamos su palabra. Para responder positivamente, necesitamos disponernos a que el Señor nos conceda el don de la fe. Una fe que nos haga posible no sólo emprender sino seguir recorriendo con perseverancia y con esperanza el camino que Él mismo nos muestra, de podo que podamos alcanzar la meta prometida de la felicidad eterna al participar plenamente de la resurrección gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

Reflexión coyuntural    

El próximo 28 de febrero tendrá lugar la terminación voluntaria del pontificado del papa Benedicto XVI. En estos momentos de cruz para él a causa de su salud, y para toda la Iglesia por las circunstancias de crisis que le ha tocado afrontar, renovemos nuestra fe en Dios a la luz de la Transfiguración del Señor. Y reconociendo todo lo positivo de su servicio a la Iglesia durante casi ocho años al frente de ella, oremos por él y pidámosle también a Dios que su próximo sucesor sea el pastor adecuado en estos tiempos difíciles para un futuro mejor, tanto de la Iglesia misma como de toda la humanidad.-

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