I Domingo de Adviento – Ciclo C – Dic 2 de 2012

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                                                  

Estando Jesús junto al templo de Jerusalén, y habiéndole preguntado sus discípulos acerca de las cosas que Él anunciaba que iban a suceder en el futuro, les dijo: Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación.

Guárdense de que no se hagan pesados sus corazones por el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y venga aquel día de improviso sobre ustedes, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan la faz de la tierra. Vigilen, pues, orando en todo tiempo, para que tengan fuerza y escapen a todo lo que está por venir y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre. (Lucas 21, 25-28. 34-36).

Comienza hoy un nuevo ciclo litúrgico anual con el Adviento, nombre proveniente del vocablo latino Adventus, que significa advenimiento o venida. La petición del Padrenuestro en la que decimos venga a nosotros tu Reino, es especialmente significativa en este tiempo correspondiente a 4 domingos, durante el cual nos preparamos para celebrar en la Navidad la venida de Dios hecho hombre a la tierra.

1. Un tiempo en el que se nos invita a la conversión

Una costumbre tradicional para expresar el espíritu de este tiempo es la llamada Corona del Adviento, un círculo de ramas verdes del que surgen cuatro velas,  tres de ellas moradas -color que se emplea por esta época en los ornamentos litúrgicos y que representa la actitud de conversión con la que debemos prepararnos para celebrar la Navidad- y una blanca -color que significa alegría por la llegada y la presencia de Jesús con su nacimiento-. Cada domingo se va prendiendo una vela, hasta encender la blanca que simboliza a Cristo, Luz del mundo que nos libra de la oscuridad espiritual. Este símbolo, que se suele usar en muchas iglesias y podemos hacerlo también en nuestros hogares, es una forma significativa de expresar el espíritu del Adviento, tiempo en el que se nos invita a la conversión, a la esperanza y a la vigilancia.

El libro del profeta Jeremías nos presenta en la primera lectura (33, 14-16) un anuncio del Mesías prometido, descendiente del rey David, cuya misión sería, como en efecto lo fue, proclamar y poner en práctica la justicia con todo lo que ella implica: el reconocimiento  efectivo de la dignidad y los derechos de todos los seres humanos, empezando por los más débiles y excluidos.

Por eso el tiempo del Adviento es una ocasión muy propicia para revisar nuestra vida, examinando nuestras actitudes y comportamientos con respecto al seguimiento de eso mismo que Jesús proclamó y nos invita a nosotros a poner también en práctica, y para expresar nuestra disposición de convertirnos a Dios y dejarnos llenar del Espíritu Santo mediante el Sacramento de la Reconciliación.

2.- Un tiempo en el que se nos invita a la esperanza

La venida de Dios hecho hombre a la tierra no es sólo un hecho que sucedió hace poco más de 20 siglos con el nacimiento de Jesús. Él sigue llegando a cada persona dispuesta a recibirlo. Cada vez que celebramos la Eucaristía repetimos después de la consagración la misma invocación con que los primeros cristianos expresaban la esperanza en su venida gloriosa y que quedó escrita al final del Nuevo Testamento en el penúltimo versículo del Apocalipsis: ¡Ven, Señor Jesús! (22, 20). De modo similar, en la novena de la Navidad que pronto volverá a resonar con sus gozos, le decimos al Señor: Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto. Expresamos así nuestra esperanza en el Reino de Dios, que ya vino en la persona de Jesús, que sigue llegando a nosotros cuando lo recibimos en  la comunión, y que se manifestará plenamente en su venida gloriosa al final de los tiempos.

Para cada uno de nosotros, el final de los tiempos será el momento de nuestro paso de la vida presente a la eternidad. Mientras tanto, tenemos que experimentar los problemas propios de esta vida presente. El lenguaje de la Biblia llamado apocalíptico describe el paso de este mundo al futuro con las imágenes simbólicas de un cataclismo universal, pero no para que nos sumamos en una actitud pesimista, sino para que, animados por nuestra esperanza, y escuchando lo que nos dice Jesús en el Evangelio -“levanten la cabeza, porque se acerca su liberación”-, en lugar de andar tristes y cabizbajos levantemos nuestra mirada hacia nuestro Salvador que viene a liberarnos de las cadenas del egoísmo y de todo cuanto nos oprime, y como dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura, estemos bien preparados para “el día en que venga Jesús, nuestro Señor” (Tesalonicenses 3, 12 – 4,2).

 3.- Un tiempo en el que se nos invita a la vigilancia

El tiempo de las fiestas de Navidad, que la publicidad comercial inicia incluso desde antes del Adviento con sus anuncios y decoraciones, suele ser para muchos un tiempo de rumba en el que abunda el licor  y se multiplican los afanes materiales, mientras lo que verdaderamente significa la conmemoración del nacimiento y la infancia de Jesús pasa a un segundo plano o simplemente desaparece.

Frente a este olvido del sentido auténtico del Adviento y la Navidad, la palabra de Dios nos invita a estar vigilantes para no dejarnos encadenar por el libertinaje, la embriaguez o el ajetreo de las preocupaciones materiales, como dice también san Pablo en la segunda lectura.

Renovemos, pues, al iniciar el Adviento, nuestra disposición a celebrar las fiestas navideñas de fines de este año y de comienzos del año nuevo, como una oportunidad de renovación en la que tenga prioridad para cada uno de nosotros la dimensión espiritual de nuestra vida y la disposición a compartir lo que tenemos con los más necesitados.-

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