XV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

UntitledLlamó Jesús a los Doce y empezó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus malignos. Les encargó que no llevaran nada para el camino, fuera de un bastón; que no llevaran pan, ni provisiones, ni dinero. Que podían llevar sandalias, pero que no llevaran dos túnicas. Y les decía: “Cuando se hospeden en una casa, quédense allí hasta que se vayan de aquel lugar. Y si en algún lugar no los reciben ni quieren escucharlos, al salir sacudan de sus pies hasta el polvo que se les haya pegado: será una acusación contra esa gente”. Los discípulos se fueron, y con su predicación llamaron a todos a volver a Dios, expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. (Marcos (6, 7-13).

1. Dios elige, llama y envía a cada cual para realizar una tarea específica

En el siglo VIII antes de Cristo, un “pastor y cultivador de higos” de nombre Amós, quien nos cuenta su propia vocación en la primera lectura (Amós 7, 12-15), fue llamado y enviado por Dios para realizar la tarea de los auténticos profetas -porque también existían entonces los profetas falsos-. En dicha primera lectura se cuenta que Amasías, sacerdote del Templo de Betel (centro del culto en el reino del norte llamado Israel que después de Salomón se había separado del reino del sur llamado Judá, donde estaba el Templo de Jerusalén), le dijo a Amós que se fuera al sur porque su predicación le resultaba incómoda a Jeroboam, el rey del norte (Amós 7, 10-11). Y la respuesta de Amós significa que él no era ningún vidente o adivino ordinario -como lo eran los falsos profetas que adulaban al rey en su palacio-, sino que había sido llamado por Dios para hablar en su nombre, y esto es lo que quiere decir el término profeta, proveniente del griego. Así lo hizo, denunciando la idolatría y la injusticia, como también anunciando la salvación para quienes se convirtieran a Dios.

Siete siglos después, Jesús escoge a doce de entre sus discípulos o seguidores, a quienes llama apóstoles -otro término proveniente del griego que significa enviados-, y les confía la misión de invitar a todas las personas a convertirse, es decir, a reorientar sus vidas hacia Dios, y de liberarlas del mal con el poder del Espíritu Santo.

En el siglo I de la era cristiana, san Pablo, que no había formado parte de los primeros Doce, recibiría asimismo el título de apóstol al ser escogido por Cristo resucitado para proclamar su mensaje salvador a los llamados “gentiles”, es decir los que no pertenecían al pueblo judío. Entre ellos se contaban los primeros cristianos de la ciudad de Éfeso en el Asia Menor (hoy Turquía), a quienes dirigió la carta de la cual está tomada la segunda lectura (Efesios 1, 3-14) y que justamente comienza, en sus dos primeros versículos, con una presentación que hace Pablo de sí mismo como “apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios” (Efesios 1, 1).

También nosotros los bautizados y confirmados en la Iglesia o comunidad de los seguidores de Jesucristo en este siglo XXI, hemos sido elegidos y llamados por Él a realizar una misión concreta, una tarea específica que el Señor le ha señalado a cada cual para colaborar con Él en el cumplimiento de su plan universal de salvación. Reconozcamos esta misión y preguntémonos cómo la estamos cumpliendo.

2. Jesús envía a sus apóstoles de dos en dos, dándoles poder para predicar y sanar

En la tradición jurídica del judaísmo, para que fuera válido y creíble un testimonio tenía que ser dado al menos por dos personas que coincidieran en su contenido. Este es el sentido originario de esta forma de enviar Jesús a sus discípulos -de dos en dos-, a lo que podemos agregar el de ayudarse mutuamente para la realización de la tarea.

Otro tema que llama la atención es la instrucción que les da para llevar a cabo la misión. En cuanto a qué pueden y qué no deben llevar, es significativo que lo permitido sea lo relacionado con el hecho de ponerse en camino –el bastón, las sandalias y una sola túnica-, mientras que todo lo demás que necesiten se supone que van a obtenerlo de las comunidades a las que se dirigen, como contribución por el trabajo que realicen en ellas. Pero más allá de estas especificaciones, lo que en el fondo significa la instrucción de Jesús es que deben ir ligeros de equipaje, sin apegos materiales que les impidan la agilidad requerida para el camino, confiados plenamente en el poder de Dios que les da la energía espiritual necesaria.

Termina la instrucción de Jesús a sus enviados con el símbolo de sacudirse el polvo de los pies. Es una forma de expresar, con un gesto, que la Buena Noticia que están llamados a proclamar puede ser rechazada en determinados ambientes, pero no por ello deben desanimarse en su trabajo. Por el contrario, deben buscar otros horizontes, con nuevos ánimos y dejando atrás todo lo que les impida proseguir su tarea.

3. Llamaron a todos a volver a Dios; expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban

El pasaje del Evangelio termina con una breve descripción de la tarea que comenzaron a realizar aquellos primeros discípulos enviados por Jesús a proclamar su mensaje de salvación. Para describir esa tarea, se hace referencia a tres elementos esenciales: la invitación a la conversión, la “expulsión de los demonios” -es decir, de las fuerzas del mal-, producida por la acción renovadora del Espíritu Santo, y la unción de los enfermos con el óleo o aceite consagrado como signo de sanación -no sólo física, sino sobre todo espiritual y que corresponde a uno de los siete sacramentos de la Iglesia-.

Pidámosle al Señor que nos disponga a cumplir la misión que nos ha encomendado. En especial pidamos por el Papa y los obispos, sucesores de los apóstoles de Cristo, y por los presbíteros y diáconos que son sus colaboradores inmediatos. Asimismo pidamos por los religiosos y religiosas de vida consagrada, como también por los laicos (hombres y mujeres) comprometidos en variadas formas de colaboración al servicio del Evangelio, entre ellas la de proclamarlo en el ámbito de la familia. E invoquemos la intercesión de María santísima -cuya advocación como Nuestra Señora del Carmen celebra la Iglesia el próximo 16 de julio- para que nuestro Señor Jesucristo, quien nos llama a todos -a cada cual con una vocación específica- para enviarnos a proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios con el testimonio de nuestra vida en el cumplimiento de las tareas específicas que nos ha encomendado, nos ayude a realizarla con la fuerza de su Espíritu.-

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