XXII Domingo del Tiempo OrdinarioCiclo C

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.                        

sep 1Un sábado Jesús fue a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos lo estaban espiando. Y al ver Jesús cómo los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo: –Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, pues puede llegar otro invitado más importante que tú; y el que los invitó a los dos puede venir a decirte: ‘Dale tu lugar a este otro.’ Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, pásate a un lugar de más honor.’ Así recibirás honores delante de los que están sentados contigo a la mesa.Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.

Dijo también al hombre que lo había invitado: –Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; porque ellos, a su vez, te invitarán, y así quedarás ya recompensado. Al contrario, cuando tú des un banquete, invita a los pobres, los inválidos, los cojos y los ciegos; y serás feliz. Pues ellos no te pueden pagar, pero tú tendrás tu recompensa el día en que los justos resuciten. (Lucas 14, 1.7-14).

Según la costumbre en aquel tiempo, al inicio de un banquete el invitado solía decir unas palabras. En esta ocasión Jesús, siendo invitado a una cena, plantea una enseñanza relacionada con tres temas: la humildad, el desapego de los intereses egoístas y la preferencia por los pobres. Al participar hoy en la mesa del Señor, tratemos de aplicar a nuestra vida lo que nos dice el Evangelio, teniendo en cuenta también los demás textos bíblicos: Eclesiástico (o Sirácida) 3, 17-18. 20. 28-29; Salmo 68 (67); Hebreos 12, 18-19. 22-24a.    

1. Proceder con humildad  

Jesús inicia su intervención indicando una norma de buena educación: no buscar los primeros puestos. Esta norma había sido ya expresada unos 450 años antes en el libro de los Proverbios: “No te des importancia ni tomes el lugar de la gente importante; vale más que te inviten a subir allí, que ser humillado ante los grandes señores” (25, 6-7).

Pero el mensaje del Evangelio va mucho más allá de la simple etiqueta (o “pequeña ética”). Lo que Jesús quiere hacernos ver es la importancia de la humildad como una virtud totalmente opuesta a la actitud arrogante de los fariseos que se creían superiores al resto de la gente, de los doctores de la ley que menospreciaban a los demás considerándolos ignorantes y pecadores, y de los que ejercían el poder propio de su estrato social despreciando y excluyendo a los pobres.

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad”. Así comienza la primera lectura de este domingo, tomada del libro del Eclesiástico -escrito en el siglo II antes de Cristo y también llamado el Sirácida, por ser su autor un maestro llamado Ben Sirac (hijo de Sirac). En este libro, como en el de los Proverbios y en otros escritos bíblicos del Antiguo Testamento llamados “sapienciales” por su referencia a la sabiduría práctica, se dice que la humildad es la virtud característica del auténtico sabio, que vive con sencillez en vez de hacer alarde de sus conocimientos, de su posición o de sus méritos. Una de las características de la humildad es no hacer ruido. La segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos, contrapone la imagen del Dios terrible de la antigua alianza, que manifestaba su grandeza por medio del fuego, la tormenta y la trompeta, a la del Dios cercano que se revela en la persona de Jesús, el maestro manso y humilde de corazón que actúa como “mediador de una nueva alianza” (Hebreos 12, 18-19. 22-24a).

2. Obrar desinteresadamente

En la segunda parte del Evangelio de hoy, Jesús nos exhorta a obrar de forma desinteresada, sin cálculos egoístas de recompensa. Todos solemos tener la inclinación natural a obrar por interés, esperando que nos paguen por los favores, como dice el refrán popular: “favor con favor se paga”. En las relaciones humanas, esta actitud egoísta puede llevarnos a buscar siempre y ante todo nuestra propia recompensa, en lugar de aplicar lo que dijo Jesús: “hay mayor felicidad en dar que en recibir” (frase evocada por el apóstol san Pablo en su discurso a los presbíteros de Éfeso -Hechos de los Apóstoles 20, 35 ss.).

Pero ¡atención! Al dar, existe el peligro de caer en la tentación de hacer sentir inferior al pobre. La verdadera caridad cristiana no consiste en sentir lástima los de “arriba” por los de “abajo”, permaneciendo y afianzándose los que dan en sus posiciones superiores y quedando los que reciben en su situación de miseria. No. El amor verdadero a los pobres exige la solidaridad para buscar con ellos la realización de condiciones de justicia social que les hagan posible superar su pobreza y vivir de acuerdo con su dignidad humana.   

3.La verdadera sabiduría implica optar preferentemente por los pobres

Y por último, la reflexión final que le propone Jesús a quien lo ha invitado hay que entenderla como una exhortación a cambiar la jerarquía de valores propia de un sistema social que desprecia y excluye a los pobres, a los débiles, a los que considera inútiles. Son éstos justamente los preferidos de Dios, a quienes en primera instancia quiere Él que llegue su invitación al banquete de la vida eterna, prefigurado en la Eucaristía.

Un canto litúrgico muy antiguo, llamado en latín Panis angelicus (Pan de los ángeles), dice en uno de sus versos: “¡O res mirabilis! Manducant Dominum pauper, servus et humilis” (“¡Oh realidad admirable! Se alimentan del Señor el pobre, el servidor y el humilde”). Esta realidad se manifiesta también en nuestras celebraciones, sobre todo en las grandes iglesias. Sin embargo, más admirable sería que en nuestra vida cotidiana se mostrara por parte de cada uno de nosotros una disposición abierta al reconocimiento, la aceptación y la acogida generosa del pobre.

Se trata de una opción preferencial que es precisamente la opción de Dios. “Tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres”, dice el Salmo responsorial. Esta es la opción de Jesús, tal como nos lo enseñó Él no sólo de palabra, sino con obras concretas: poniéndose siempre de parte de los débiles, de los necesitados, de los excluidos, de los oprimidos. Y si esta es la opción de Jesús, ¡también tiene que ser la nuestra!-

 

 

 

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