“Nosotros debemos dar un aporte claro a la contribución de la paz desde el lugar de cada uno”. Francisco de Roux, S.J.

Dios se nos revela en los acontecimientos de la historia. Captamos esta revelación cuando en el silencio del corazón auscultamos las cosas que ocurren para encontrar la Palabra que toca nuestra conciencia personal y colectiva. Dios nos hace sentir su voluntad.

Vivimos uno de esos momentos en que Dios acontece de manera elocuente.
Este mes se dará inicio en la Ciudad de Oslo (Noruega) a la primera etapa de los Diálogos de Paz entre el Gobierno Nacional y las FARC. El Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia nos explicita el acontecimiento:

• “La Iglesia Católica ha recibido con gran esperanza esta iniciativa de paz que pretende, con la ayuda de Dios, poner fin al violento conflicto que durante tantos años ha desangrado a nuestra amada Patria”.

• “No desconocemos las incertidumbres que este proceso ha despertado en algunos sectores de nuestra sociedad. Sin embargo, la Iglesia Católica, más allá de cualquier consideración política, está firmemente convencida de que el diálogo es el único camino posible para obtener la paz y la reconciliación que todos los colombianos anhelamos.”

• “No obstante la dificultades que puedan presentarse en la mesa de negociaciones o fuera de ella, tenemos que apoyar las complejas gestiones de este proceso. No podemos permanecer atrincherados en la lógica de la guerra por temor al fracaso. Podemos y debemos derrotar, unidos, la desesperanza y el escepticismo”. (Mensaje del Presidente la Conferencia Episcopal).

La Iglesia nos invita a la oración y a hacer propia la causa de la paz.

Para nosotros, que tenemos como elemento fundante de la Compañía de Jesús la tarea de la reconciliación entre los que se consideran enemigos (“Y también manifiéstese preparado para reconciliar a los desavenidos…” Fórmula de Julio III), esta es una oportunidad extraordinaria de contribuir a la superación de la guerra entre los colombianos.

En muchos de los procesos de paz de los últimos tiempos, en otras naciones del mundo, cuando llegó el tiempo oportuno, hubo jesuitas y compañeros apostólicos que de manera discreta y eficaz, sin que aparecieran sus nombres, asumiendo riesgos y dejando de lado otras agendas, se entregaron con determinación, paciencia y audacia a la causa de la paz, para no dejar pasar el momento que aparecía crucial en la terminación del conflicto. Filipinas, Sri Lanka, las guerras africanas, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, son solo algunos de estos casos.

Ahora la tarea es nuestra. Al lado de la oración a la que nos invita Monseñor Rubén Salazar, nosotros debemos dar un aporte claro a la contribución de la paz desde el lugar de cada uno. En las regiones, en los colegios y la universidad, en las parroquias y los centros sociales, en el CIRE y el SJR, en los medios de comunicación, en la predicación, en el acompañamiento personal.

Es el momento de hacer valer la autoridad moral y la credibilidad personal y colectiva de los jesuitas y de todos los que comparten con nosotros esta manera de vivir el Evangelio, para mantener la convocatoria hacia la paz, para animar a los que pierden la esperanza, para hacer comprensible las dificultades del camino a los escépticos. Esta voluntad explícita de apoyar en privado y en público las conversaciones entre las partes se hace necesaria, porque inevitablemente van a ocurrir hechos en contra del proceso, sea por acciones de guerra pues se negocia en medio del conflicto, sea por intereses que son partidarios de la solución armada, sea por fallas humanas al interior de los negociadores.

No nos mueve ningún interés político. No se nos escapa el que en estos procesos, de enormes dimensiones públicas, se mezclan proyectos de poder en diversos sentidos. Nada de eso nos importa. Para nosotros lo que está en juego es el ser humano. La paz con dignidad para todos en Colombia. Allí nos espera Dios, en este pueblo agobiado por el dolor que clama para que termine la guerra.

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