EL MENSAJE DEL DOMINGO 
Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.    

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario 
Ciclo B – Septiembre 6 de 2015

Homilia sep 6Al volver Jesús de la región de Tiro, pasó por Sidón y se fue al lago de Galilea en pleno territorio de la Decápolis. Allí le presentaron un sordo y tartamudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo apartó de la gente. A solas con él le metió los dedos en los oídos, y con el dedo untado en saliva le tocó la lengua; y mirando al cielo suspiró y le dijo: “Effatá” (que quiere decir: Ábrete).  Inmediatamente se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. Entonces les mandó que no se lo dijeran a nadie. Pero mientras más les mandaba, más lo pregonaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “¡Todo lo ha hecho bien! ¡Hasta hace oír a los sordos y hablar a los mudos!” (Marcos 7, 31-37).

Los relatos de milagros de Jesús contados por los evangelios nos muestran que en Él se cumplen las profecías referentes a una intervención de Dios portadora de un nuevo porvenir para toda persona se reconoce necesitada de salvación, a una acción liberadora de todo cuanto le impide al ser humano realizarse plenamente como tal, empezando por los marginados y excluidos. Así nos lo hacen entrever los textos del Antiguo Testamento correspondientes a la primera lectura y al salmo responsorial de este domingo [Isaías 35, 4-7; Salmo 146 (145).

Por otra parte, la segunda lectura, tomada del Nuevo Testamento (Carta de Santiago 2, 1-5), expresa cómo los pobres, a quienes preferencialmente se dirige la acción salvadora de Jesús, son precisamente víctimas de una discriminación social en el marco de una sociedad injusta.

Ahora bien, el significado del milagro que relata el Evangelio de hoy va más allá de la curación de una enfermedad física. Veamos cómo podemos aplicarlo a nuestra propia vida cotidiana.

1.- Jesús nos invita a apartarnos del bullicio para ser transformados por Él

Lo primero que resalta en el relato evangélico es cómo Jesús, ante la petición que le hacen para que sane a aquel sordo y tartamudo, lo aparta de la gente y a solas con él, realiza el milagro. De ello podemos deducir que necesitamos espacios y momentos de silencio interior para que el Señor, en un encuentro personal con Él, seamos dispuestos por él a escuchar su palabra y capacitados para proclamarla.

Todos necesitamos que Dios mismo abra nuestros oídos interiores para escucharlo. Pero el bullicio del mundo nos lo impide y por eso es preciso que busquemos en nuestra vida cotidiana los lugares y tiempos propicios para encontrarnos con Él personalmente en la oración, disponiéndonos así para que Él nos llene de su Espíritu. El gesto de la imposición de las manos significa precisamente la comunicación del Espíritu Santo, que nos hace posible oír, comprender, acoger y poner en práctica lo que Dios nos dice.

2.- Jesús abre nuestros oídos para que podamos escuchar

Qué difícil es escuchar, sobre todo en medio del ruido ensordecedor del ajetreo cotidiano, y más todavía en el de las grandes ciudades, cuyo ritmo acelerado impide oír la voz del Señor que nos habla de múltiples formas, muchas veces desapercibidas por nosotros. Por eso es necesario un esfuerzo constante para percibir lo que Dios nos dice.

En el ámbito de las familias, es necesario que el Señor abra los oídos de todos sus integrantes para que se dispongan a escucharse unos a otros, en un ambiente de diálogo que haga posible la comprensión y la ayuda mutua en todos los aspectos de la relación del esposo con la esposa, del padre y la madre con sus hijos e hijas, de los hermanos y las hermanas entre sí.

Y en el ámbito social también es preciso que Jesús nos disponga a la escucha, saliendo cada cual de su egoísmo para trabajar todos juntos en la búsqueda de la convivencia pacífica mediante una disposición constante al diálogo. La verdadera comunicación es condición necesaria para la convivencia en paz y supone la disposición de cada persona a escuchar a las demás, dejándose interpelar por el otro.       

3.- Jesús destraba nuestra lengua para que podamos hablar

Jesús no solamente abre los oídos de quienes se dejan transformar por Él, sino también les hace posible hablar. La Palabra de Dios que escuchamos no podemos dejarla sólo para nosotros mismos, estamos llamados a comunicarla.

Pero hay otro detalle en el relato del Evangelio: Jesús, después de obrar el milagro, dirigiéndose a quienes lo habían presenciado les mandó que no se lo dijeran a nadie. Esto parece contradecir el llamado a comunicar la acción de Dios. No obstante, lo que el evangelista quiere hacer notar -especialmente en el caso del Evangelio de Marcos- es que Jesús no quiere que se divulgue su acción salvadora en el sentido de un mesianismo espectacular, como el de los actos masivos de sanación que incluso hoy suelen presentarse por parte de ciertos milagreros embaucadores en las calles, en los estadios o en shows televisión.

En lugar de ese falso mesianismo, sintamos nosotros como dicha a cada uno, a cada una, aquella palabra pronunciada por Jesús en arameo: Effatá, que significa Ábrete. Con ella Él quiere abrir nuestros sentidos de modo que podamos percibir y comprender sus enseñanzas, y para que nos movamos a proclamarlas y compartirlas con los demás, empezando por aquellos que pueden estar más necesitados de ellas.

Animémonos pues a hablar de Dios. Pero “hablar de Dios” no es andar echando sermones aburridos, sino expresar con nuestra alegría, con nuestro testimonio constructivo y con nuestras buenas obras, que Aquél que todo lo ha hecho bien -como dice al final texto evangélico de hoy- sigue actuando a través de nuestra disposición efectiva a colaborar con Él, para hacer de este mundo un lugar donde los sordos oigan y los mudos hablen, es decir, donde se escuche sin trabas y se proclame abiertamente la Palabra de Dios, que es Amor-.

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